Viejas glorias: así era el Opel Calibra Turbo 4x4

El Calibra que querías tener...

Corrían los locos años 90 y paseaba por la calle con mi mejor amiga, que nunca (repito: NUNCA) ha considerado los coches como algo más que una herramienta para trasladarte del punto A al B. Pero esa tarde, algo llamó su atención. Lo señaló y dijo “éste es el modelo que me compraría al sacarme el carné”. Era el Opel Calibra Turbo 4x4.

Si el Calibra ‘normal’ hacía suspirar a muchos gracias a sus formas aerodinámicas, la versión con el motor 2.0, dotada además de tracción total, era ‘lo más’ para muchos petrolheads de la época. Y no se equivocaban en su elección, ya que el Opel Calibra Turbo 4x4 aceleraba como si el mundo se estuviera destruyendo tras él.

La marca acertó plenamente con la mecánica, a pesar de tratarse de la primera incursión de Opel en el terreno de los propulsores turbo de gasolina, como explican en Tiempodeclasicos. La sobrealimentación propició un 42% más de par (así, a lo loco), subiendo la potencia hasta los 204 CV (un 36% más). La respuesta era instantánea, poderosa, pero civilizada: superaba en aceleración a sus rivales, excepto a dos pesos pesados como el Ford Sierra Cosworth y el Lancia Delta HF Integrale, cosas muy serias.

El Opel Calibra Turbo 4x4, con una caja de cambios de seis marchas, marcaba más kilos en la báscula que la mayoría de sus contrincantes, pero los doblegaba gracias a sus líneas, con la menor resistencia al aire que podías encontrar. Eso, por supuesto, también influía positivamente en los consumos, lo que daba como resultado un coche deportivo razonable… al que le faltaba emoción. El motor era la bomba, cierto, pero su chasis no acababa de estar a la altura. La suspensión debería haber sido un poco más firme y la dirección empañaba el conjunto si el asfalto no estaba en buen estado. El resultado era notable y no suponía quebraderos de cabeza para el conductor. Pero un poco más de garra habría sido deseable.

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En el interior, nada hacía sospechar que te encontrabas en el Calibra Turbo, ya que todos los elementos eran similares a los de sus hermanos de gama: ni siquiera un manómetro del turbo indicaba que estabas al volante de un vehículo que escondía mucho (y bueno) bajo su capó. Pero, cuando pisabas el acelerador… el mundo temblaba. Bravo, Opel.

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