Prueba: Subaru WRX STI 2017

Sigue su propia senda

6 10

Nuestro veredicto

Me enfrento a esta prueba del Subaru WRX STI 2017 con un toque de nostalgia e ilusión. Es una sensación agridulce. Nostalgia porque mi primer contacto con un coche potente de verdad fue en un Subaru Impreza WRX STI de 2004. Y además fue desde el asiento del acompañante: aún recuerdo la aceleración, el ruido, el drama de este modelo que se comía las curvas a la misma velocidad que subía de vueltas. Es más: cuando por fin pude ponerme al volante, reconozco que pisaba a fondo y no me daba a tiempo a cambiar a tiempo: siempre llegaba al corte antes. Ten en cuenta que en esa época lo más potente que había probado fue un Citroën Xsara HDI 110.

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Pero de vuelta a 2017 me encuentro un modelo que sigue a lo suyo. Como si no hubiera pasado el tiempo... al menos sobre el papel. Claro que la estética es diferente y que ahora, por ejemplo, tengo luces con leds, más airbags, navegador y hasta un climatizador. Pero su espíritu sigue ahí. Un coche de carreras con matrícula. Lo que significa que se trata de un modelo inadaptado al día a día. 

Eso me da exactamente lo mismo, como te puedes imaginar. Y como te pasa a ti. Es lo que mola de este modelo. Si quieres este nivel de prestaciones, por los 47.000 euros que cuesta estás en la onda de los Volkswagen Golf R o Ford Focus RS. Pero mientras el alemán es un cochazo cómodo, un sutil y veloz deportivo y el Ford es la navaja suiza de los compactos más radicales, el Subaru WRX STI se desmarca de ellos. Es el chico malo. El que sigue su camino. Al que le da igual si se cala cuando vas a salir de un semáforo o que el 'turbolag' sea un factor con el que contar a la hora de conducir con mayúsculas. Antes no hay casi nada. Después, hay mucho.

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Lo mejor es ponerse en marcha. Si vas despacio no disfrutas. Lo sacas del garaje y sientes cómo la tracción integral sufre. Parece que notas al diferencial central retorciéndose; alguna rueda arrastrando. El volante, duro. El embrague, contundente. Con suerte no se te cala. Y es que tienes que llevarlo alegre de vueltas. Ahí la cosa cambia. Así que déjame que me salte la parte de la ciudad y me pase a la autopista.

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Para circular, en el STI puedes escoger entre tres modos: Intelligent, Sport y Sport Sharp. Empezar a moverte te pide a gritos el primer paso, y según subes el ritmo, debes 'aumentar' también el set-up (sí, en estos momentos estoy tan flipado como para hablar como si fuera un piloto de verdad). Yo, como estoy muy loco, empiezo siempre con el Sport Sharp: la potencia se entrega antes, el acelerador es inmediato... Un coñazo en el atasco. Pero me encanta.

La caja manual de seis marchas tiene un desarrollo adecuado. La sexta es de unos 44 km/h por cada 1.000 rpm. O sea, que a 120 ruedo a unas 3.000 vueltas. No diría que el sonido del bóxer es bonito; tampoco el que sale del escape. Pero sí suena a gordo. A un modelo con turbo y con mucho que decir. A esta velocidad probablemente ya lleves a los pasajeros algo hartos: ente el 'runrún' del bóxer, el sonido del escape y las suspensiones secas, probablemente se cambiarían a un Tata Aria sin pensarlo. Allá ellos.

Pero sales de la autopista y todo cambia. Es como si el campo fuera más bonito, el cielo más azul y el WRX STI fuera... no, eso sigue igual. Es seco, es ruidoso, es deportivo. Perfecto: enlazas curvas como un demonio. Puedes seleccionar tú el modo en el que quieres que trabaje el diferencial, desde más abierto a completamente bloqueado por si quieres emular a Colin McRae en nieve, tierra o barro. En asfalto prefiero dejarlo en modo 'Auto', que funciona de maravilla, aunque incluso así tienes que escoger entre Auto + y Auto - para que tienda a bloquear con más o menos gana.

A partir de 3.500-4.000 rpm tienes una orgía de revoluciones. Olvídate de cualquier vídeo que te haya llegado al grupo de WhatsApp más sucio que tengas. Esto te pone más. Sube de vueltas con rabia, como si quisiera castigarte las cervicales. 4.000, 5.000, 6.000... Llegar al corte significa que vas demasiado rápido vayas en la marcha que vayas. Pero el eje delantero entra obediente. Si vas pasado subvira, pero en cuanto levantas, el morro entra como si fuera mi Ninco de Slot: se mete. No hay más.

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La dirección del WRX STI que tan dura es en ciudad, cobra sentido. Yo me la esperaba algo más rápida; quizá se me olvida que es un coche con el que puedes ir al hipermercado a por la compra del mes. Aun así tiene una precisión milimétrica y, entre curvas, contracurvas y alguna que otra horquilla con mala leche, maldigo las direcciones eléctricas. Me descubro enajenado gritando "¡Larga vida a la asistencia hidráulica!". 

No me gusta tanto el tacto del cambio. De lo fácil que es acertar con el punta-tacon desde el principio no te voy a hablar, ni tampoco de precisión. Va más que sobrado. Pero me parece que la palanca entra limpia. Por ejemplo, para pasar de tercera a segunda me descubro haciendo demasiada fuerza y marcando el recorrido. Tras subir y bajar el puerto de Arrebatacapas (¿no lo conoces? Deberías; no sé si una de las mejores carreteras de Europa, pero sí de España), la palma de la mano derecha la tengo roja y un poco "sensible".

Uno de los momentos más divertidos llega cuando enfilo a un tramo de pista de tierra donde su propietario me deja hacer el tonto de vez en cuando. Con mucha escapatoria que me da la confianza de que no voy a tener que devolver el Subaru en grúa. La tracción integral cobra más sentido. Según vas bloqueando el diferencial, notas cómo el STI es más preciso, pero a la vez te obliga a emplearte con el volante. Me descubro pasando una y otra vez por la misma curva a izquierdas. Cuando tengo la palabra 'Lock' en el cuadro de mandos me descubro de lado incluso antes de llegar ala curva: balancea el coche y éste, con nobleza, se va moviendo para que pongas el morro y la trasera justo donde quieras. La dirección de nuevo me muestra su buen hacer. Decido bajar el ritmo: los Dunlop Sport Maxx van muy bien en asfalto, pero no han nacido para tierra. Además, llevo unas ramas de un arbusto enganchadas en el paragolpes: síntoma de que estoy apurando demasiado. 

Empezaba el texto diciendo que me enfrentaba "a esta prueba del Subaru WRX STI 2017 con un toque de nostalgia e ilusión". La acabo igualmente: ilusión por haber probado un dinosaurio; probablemente de los últimos de una época grande. Pero nostalgia también y mucha: es como esa sensación que te queda cuando vuelves a un sitio en el que has sido muy, muy feliz. O como cuando sales de la fiesta en la que celebras que acabas la universidad. Sabes que a partir de ahora ya nada va a ser lo mismo...

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