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Conducimos el Nissan GT-R 50. Godzilla conoce la milla monstruosa

Cinco décadas de desarrollo del GT-R culminan en un exclusivo Nissan de 1,5 millones

Un texto de Tom Ford con fotos de DW Burnett

Tengo los ojos abiertos como platos. Un sudor nervioso me asoma por la frente y puedo sentir cómo me late el corazón. Manhatan en hora punta es, sin ninguna duda, el peor lugar para conducir un coche en el que he estado. Un apocalipsis de tiempo y movimiento. 

A cada paso hay una obra, una calle cortada. Avenidas de dos carriles se unen en uno solo en una orgía en la que imagino que solo los gladiadores más duros se sentirían cómodos. Alcantarillas que sobresalen cinco centímetros y aterrorizan las llantas de los que pasan por ahí. 

Si no conoces el camino, como me pasa a mí, puedes entrar en una especie de bucle del que solo puedes salir con los pies por delante tras sucumbir a tanto estrés.

Y si eso no fuera suficiente, estoy al volante del Nissan GT-R 50 un coche de 1,5 millones de euros que parece una nave espacial. Un acontecimiento que hace que la gente salga corriendo al medio de la calle para hacer una foto. Podría pasar patinando desnudo cantando alguna de Frank Sinatra sin llamar la atención.

Tras de mí llevo un coche de apoyo en el que están tres de las personas involucradas en el desarrollo, además del jefe del proyecto. El jefe total. Tengo la sensación de que si aprieto más el volante, los nudillos se me volverán transparentes.

En fin. Bienvenido a la vida este humilde conductor del Nissan GT-R 50; el primero (y único) de una potencial tirada limitada a 50 unidades creada por Italdesign y que se confirma que llega a producción.

Por lo general uno no puede hacer cosas como esta. Porque los coches de este estilo suelen ser maquetas a tamaño real, unidades con piezas impresas en 3D, coches huecos con formas imposibles. En definitiva, objetos con la forma adecuada, pero sin posibilidad real de moverse.

Nissan GT-R 50
DW Burnett
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Top Gear

Italdesign y Nissan, sin embargo, nos ofreció coger el GT-R 50 expuesto en el Salón de Nueva York en 2019 y hacer un roadtrip con él. Y lanzarlo al tráfico de la zona más turística de Manhattan es, cuando menos, peculiar.

Sin duda es todo un acto de fe en mi experiencia y buen hacer, así que sin presión. La idea es la de llevar este deportivo al estado de Delaware a un lugar llamado Dover, donde hay un circuito NASCAR de una milla que abrió hace exactamente medio siglo. 

El mismo año en el que nació el nombre de GT-R en Japón, el mismo año en el que Italdesign empezó a funcionar. Al circuito se le conoce como la milla monstruosa, del mismo modo que al GT-R se le apodó Godzilla cuando destrozó las carreras de Grupo A en Australia. 

O sea, que resumiendo, vamos a conducir el  más que exclusivo monstruo de Japón hacia la milla monstruosa 50 años después de que hayan nacido. 

El timing es primordial. El coche tenía que salir del Salón de NY, ir a Dover, hacerle las fotos correspondientes y después volver al puerto de Nueva York, donde se metería en un contenedor con destino a su siguiente compromiso. 

Cuatro días suenan a mucho tiempo para hacerlo cuando apenas hay 1.500 km por delante, pero tenemos el pequeño inconveniente de que hay carreras en ese circuito más o menos cuando llegaríamos y tenemos una más que pequeña ventana para hacer fotos en el trazado…

GT-R 50: un modelo sencillo y amigable (más o menos)

El GT-R es muy fácil de conducir, pero con su techo 54 mm más bajo que en el GT-R normal, no es el más fácil para tener controlado todo lo que ocurre alrededor. El spoiler trasero es retráctil hidráulicamente y uno, que lleva el show en las venas, piensa que la ciudad que nunca duerme merece un poco de espectáculo. 

Así que decido levantarlo para redondear la faena. Hablamos con la gente, nos dejamos ver. Nos rodean allá donde aparcamos. Igual hasta somos trending topic local. 

Pero pronto dejamos atrás la isla de Manhattan cruzando el Puente de Brooklin, para después avanzar por el de Verrazzano y acabar en Staten Island. Desde ahí enfilamos a Filadelfia, la zona boscosa de Wharton y Atlantic City para hacer nuestra segunda noche.

El GT-R 50 es… extraño. Es familiar, pero a la vez completamente diferente. El interior parece el de un GT-R forrado de carbono, pero las formas, volúmenes e incluso la acústica, han cambiado. El techo se ha bajado, la luneta trasera es más larga y la trasera en su totalidad se ha rediseñado para obtener un volumen negativo alrededor de los característicos pilotos redondos.

En frontal también se ha afilado hasta el punto de que da la sensación que podría cortarte en finas rodajas si lo miras con la suficiente intensidad. La carrocería es más maciza, más rotunda, con más nervaduras.

Pero todo esto no es solo para hacer bonito. El 3.8 V6 de Nismo lleva los turbos de la versión GT3 y un buen puñado de mejoras internas para conseguir 720 CV y 780 Nm. La caja automática de seis velocidades con levas se ha mejorado, como también lo han hecho los diferenciales y su comportamiento. La suspensión es Bilstein DampTronic y los frenos, mayores. Y todo va de maravilla.

En la autopista me doy cuenta que el empleo masivo de carbono es tan relevante como la potencia adicional. Donde algunos coches te alucinan con su aceleración, el GT-R 50 te noquea. Parece que te golpea. ¿Un concept? Nada de eso. Es muy real.

Atravesamos Wharton, pasamos por algunas carreteras muy secundarias mientras intimamos con el Nissan. Cuando cae el sol, aparece el primer contratiempo. Apenas veo nada: las luces del coche no están calibradas para conducir y tienen una angulación pensada para quedar bien en las fotos en los stand de los salones. 

Se podría decir que voy sin faros. Sin faros con los que ver esos lugares asfaltados con baches y acantilados que en Nueva Jersey llaman “carreteras”. Nunca lo había pensado, pero ahora me doy cuenta de que las luces son importantillas. Sobre todo cuando voy conduciendo un coche más caro que mi propia alma.

Me concentro a tope de camino a Atlantic City, donde me para la Policía en cuanto pongo medio coche dentro. ¡Ah, qué ciudad! En su día era un paraíso del juego que estaba a tiro de piedra de Nueva York. Fuera de temporada es como cualquier pueblo perdido de la costa, pero hundido en un cielo lluvioso. 

El agente Scott es un ardiente fanático de los GT-R que cree que ha cazado a la nueva generación de Godzilla, aunque igualmente está encantado cuando descubre que no, que se trata del GT-R 50. Tanto es así que nos ofrece escoltarnos hasta nuestro destino. Sería feo decir que no. 

Pero la cosa está en que es de noche, así que paso los siguientes 20 minutos pegado al paragolpes del coche patrulla rezando para que no se diera cuenta de que no veo nada de nada con estas luces de pega. No sé qué hubiera pasado de seguir, pero una llamada de emergencia hace que Scott salga disparado y nos deje atrás. Igual esto ha sido un golpe de suerte.

Esa noche el hotel es horrible. El típico lugar donde el suelo está pegajoso, los ascensores rotos, y la higiene hace tiempo que dejó de pasar por ahí. Hay un jacuzzi de cuatro plazas en el centro de mi habitación del que mejor no voy a comentar nada. Y dejamos el coche en el aparcamiento en altura más siniestro del país. O eso parece.

A la mañana siguiente, menos mal, el coche sigue ahí. Castigamos nuestras arterias con lo que allí llaman desayuno normal, aunque se podría definir también como ‘diabetes mañanera’. Nos damos una vuelta por la ciudad y constatamos que cuando los motores de la ciudad están medio gas, todo languidece. 

Hacemos unas fotos en un casino abandonado que ha pertenecido al expresidente de EEUU Donald Trump. El edificio no está en su mejor momento, pero las luces siguen encendiéndose. Brillante desde lejos, deprimente desde cerca. Así que avanzamos por vías secundarias mientras todo se vuelve cada vez más peculiar.

“Fotos al atardecer en una charca pintoresca” suena peor de lo que realmente es, porque el resultado está bastante bien. Estamos en la reserva natural Bombay Hook rodeados de árboles retorcidos por la acción del viento durante años y con una luz que recuerda vagamente a una escena del cataclismo que ocurrió hace 65 millones de años. El GT-R  aparece, sin embargo, espectacular.

Hay carreteras secundarias y curvas de todo tipo para jugar. También hay un pick up oxidado parado en un apartado de la carretera. Al lado Dave toma un par de fotos. De la nada aparece un hombre del tamaño de un oso, vestido de color naranja al estilo de los presos de las películas. 

Se acerca tranquilamente, abre la puerta de la bañera y saca un arco enorme y una flecha blanca. En ese momento pasan muchas cosas por mi cabeza. ¿Voy a ser la víctima del más extraño robo del mundo? ¿Cómo voy a explicar los agujeros de flecha en los paneles de carbono? 

Nissan GT-R 50
DW Burnett
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Top Gear

Intento dejar la primera preparada para salir pitando, aunque solo atino a enganchar el freno de mano, así que me abandono a mi destino. Pero el arquero cruza la carretera, se acerca al agua, mira, se queda quieto… y un rápido movimiento dispara la flecha que alcanza una carpa de un tamaño más que decente.

Resulta que Andrew es de un club de pesca y caza con arco. A veces sale a pasear y a pescar algo, aunque “las carpas no son el mejor menú”. También fuma puros tan anchos como mi antebrazo que huelen a una mezcla de carne de perro y basura en descomposición. Le encanta el Nissan, pero no lo ve práctico para cazar.

OK. Seguimos hacia Dover y en el camino empieza a llover. Las luces apenas llegan a iluminar el parasoles delantero. “Carrera pospuesta hasta el lunes”. Era algo que me estaba temiendo. Llegamos al Dover Speedway, pero nuestro hueco para hacer fotos era justo después del evento. 

Tras varios reajustes frenéticos y después de haber asegurado este coche único para conducir en una pista (algo que no es tan fácil como puede parecer), nos garantizamos una sesión para el martes. Una muy corta… y siempre que no llueva de nuevo. 

El lunes vemos la carrera, pero parece que miramos más al cielo buscando nubes. Esa noche no duermo demasiado. Al día siguiente el monstruo de Japón conoce a la Milla Monstruosa. 

Nissan GT-R 50
DW Burnett
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Top Gear

Hacemos fotos en una especie de estatua de unos 15 metros y atravesamos un pit lane repleto de las virutas de goma que dejaron atrás los equipos que estuvieron corriendo ahí unas horas antes. Maravilloso.

Godzilla se muestra imperioso y es capaz de velocidades que nuestra aseguradora no debería conocer. Tengo que tener cuidado con no rozar el splitter delantero al entrar a pista, pero más allá de eso es un sueño poder conducir un coche como este en un lugar como este. 

50 años. El GT-R, Italdesign y el Dover Speedway han estado presentes en el mundo desde antes de que yo naciera. Pero casi sin tiempo de que pueda disfrutar de mis pensamientos, todo se acaba. 

Tras unas pocas vueltas y muchas fotos, ponemos rumbo al puerto de Nueva York. Comida rápida, unas cuantas paradas para repostar y horas y horas de aburrida conducción por autopista nos esperan para terminar. 

Puede que no haya sido el roadtrip más largo y relajado , pero sí ha sido de los más especiales. Al volante, sientes al GT-R 50 como un modelo mucho más especial que cualquiera de los supercoches que se fabrican; es una especie de vuelta a la época de los carroceros: una plataforma conocida y fiable y se añade un traje a medida.

Los propietarios podrán escoger entre cientos de opciones no para conseguir el GT-R definitivo, sino para disfrutar de algo diferente.Y es que muchos de los coches que parecen concept cars no son más que llamativas mentiras creadas para brillar y emocionar. 

Pero este Godzilla es muy real: una mezcla de imagen espectacular y prestaciones increíbles. Un supermodelo listo para el combate.

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