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Prueba retro: el BMW Z1 (1989-1991) y sus puertas extrañas

Ah, la originalidad...

Imagen de perfil de Redacción Top Gear

Texto: Rowan Horncastle

Puertas. En su forma más simple, apenas unos bloques con bisagras que se abren para permitir que las cosas de dentro escapen hacia fuera. También se cierran con el fin de evitar el viento, la lluvia o los insultos. Pero, cuando hablamos de las puertas de un coche, pueden ser muy teatrales. Como en el protagonista de nuestra prueba retro, el BMW Z1.

Los diseñadores ambiciosos han querido hacerse notar con lugares inéditos para las mencionadas bisagras, lo que ha traído consigo una infinidad de posibilidades a las puertas: se elevan al cielo, en compás o se abren hacia atrás. Pero, aunque las más juguetonas normalmente se han reservado para los concept cars o los hiperdeportivos carísimos, en 1987 la marca germana demostró que no tenía por qué ser así.

Escogieron como ‘aderezo’ el BMW Z1 (el primer intento de roadster biplaza de los alemanes desde el precioso 507), cuyas puertas se retraían verticalmente en los pontones laterales. Así, un elemento que sólo servía para entrar y salir se convirtió en algo mágico. Además, tenían la habilidad de bajar cuando el vehículo estaba en movimiento, lo que hizo que se descolgaran las mandíbulas de todos los presentes en el Salón de Frankfurt de 1987. Hace 30 años.

El BMW Z1 no venía del departamento de operaciones centrales de la compañía. Era un proyecto de su nueva subsidiaria de investigación, BMW Technik, instaurada para echar un vistazo a una bola de cristal y experimentar con lo que se suponía que traería el porvenir. Debían desarrollar un biplaza deportivo que fuera “creativo, innovador y efectivo”. Así que cogieron un 325i E30, le quitaron toda la mecánica y se las apañaron para convertirlo en un roadster futurista.

Dispuestos a probar con nuevos materiales, el chasis llevaba una aleación de zinc y plata (para mejorar la rigidez torsional) y estaba adosado a unas planchas de plástico. Los paneles de la carrocería se realizaron en un material elástico y sintético (más plástico, vaya); podían quitarse en 20 minutos y ponerse de nuevo, como si fuera el juguete de un huevo Kinder.

Esa bola de cristal de BMW funcionó. Tres décadas después, el coche sigue teniendo una imagen fantástica. Los voladizos cortos, un capó curvo y sus proporciones casi perfectas esconden un trabajo titánico. La tecnología también es relevante: cosas como el escape, con formas aerodinámicas, o los bajos, tipo coche de carreras, están pensados para cortar el viento.

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Es imposible conducirlo sin una sonrisa. Bueno, si quitas el techo y las puertas; de lo contrario, es como cualquier otro descapotable. Pero deja caer los ‘sistemas de acceso’ y añadirás de forma inmediata cierto sentido del humor, otra dimensión del viento agitando tu viaje.

El motor, en posición central-frontal, ofrece 172 CV y 227 Nm mediante una caja manual de cinco marchas… que pide una sexta. Con un peso de 1.250 kg, además de una propulsión trasera decente, lo verás pasar de 0 a 100 en 7,9 segundos. Gracias a su aerodinámica, llegará a una velocidad máxima de 227 km/h.

El BMW Z1 no es un coche cuyas prestaciones puedas despreciar. No le importa ser el más rápido. Es uno de esos vehículos que entienden los elementos fundamentales de la conducción y recompensan a quien esté al volante con una actuación impecable de todos ellos.

Su interior es sencillo. Cuatro relojes: combustible, velocidad, revoluciones, temperatura del motor. Lo justo y necesario. Los asientos recogen bien el cuerpo en los apoyos. La dirección es lenta, pero informativa. Y con las puertas bajadas, se enfatizan el ritmo y la diversión.

Tras un día entero a sus mandos, no puede evitar pensar que muchos coches modernos deberían aprender algunas cosas del Z1. Simplificar los sistemas y concentrarse en disfrutar, por ejemplo. Y añadir puertas extrañas que puedes manipular mientras conduces.

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