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La épica victoria de Senna en el GP Brasil 1991... en 6ª marcha

Tras siete participaciones en casa, firmó una gesta inexplicable para la telemetría. Así era la magia del mito paulista.

Imagen de perfil de Javier Prieto
Senna 1991

A la octava fue la vencida. Ayrton Senna logró en el GP de F1 Brasil 1991 su primera y ansiada victoria en su país. Tuvo que completar las últimas vueltas en sexta velocidad debido a los problemas en la caja de cambios de su McLaren. Cruzó la meta extasiado y completamente contracturado debido a la tensión física y emocional. El dolor y agotamiento eran tan grandes que no llegó a boxes.

 

 

Detuvo el coche en la pista y tuvo que ser ayudado por el doctor de la FIA -y amigo personal- Sid Watkins, a salir del monoplaza. Mientras, en las gradas del Circuito de Interlagos estallaba el delirio colectivo. Su ídolo nacional, por fin les había dedicado la victoria.

 

 

A pesar de su estado físico, en las imágenes se aprecia que apenas podía sostener el trofeo de ganador, no quiso faltar a la cita con sus compatriotas. Aquel día su leyenda se agrandó aún más. 

Un maleficio 'doméstico'

Senna, uno de los mejores pilotos de la historia de la F1, llegó al GP de Brasil 1991 con la firme determinación de romper el maleficio doméstico y por fin subirse a lo más alto del podio en el trazado donde creció. 

Por aquel entonces ya era todo un bicampeón del mundo, pero jamás había triunfado ante sus compatriotas. Desde 1984, temporada de su debut en la Categoría Reina, había competido en siete ocasiones ante los suyos. Y lo más próximo que había estado de la gloria era un segundo puesto en 1986 y un tercero en el 90.

 

 

Además, había sufrido algunos sinsabores como la descalificación en su primer año con McLaren en 1988 o su tercer puesto después de un incidente con Satoru Nakajima que le apartó del éxito en 1990. A esos avatares se sumaron anteriormente tres abandonos en el 84, 85 y 87. Así las cosas, pasaban los años y la cita en su país se le resistía. 

 

Vencer en casa, su obsesión

Ayrton llegó al GP de Brasil 1991 con la firme intención de cambiar el destino y romper esa mala racha. Sabía que para conseguirlo debía protagonizar una de las mejores carreras de la historia de la F1. Desde los primeros entrenamientos dio muestras de sus intenciones. Logró una sensacional pole en la que le metió más de 3 décimas a los Williams de Riccardo Patrese y Nigel Mansell, su gran rival.

 

 

Con una salida fulgurante, el paulista conservó la cabeza de la prueba. Durante las primeras diez vueltas, gracias a un ritmo infernal, contuvo a un fiero Mansell. Sin embargo, el león británico reaccionó y comenzó a recortar distancia. En el Autódromo José Pace se estaba librando una hermosa batalla entre dos colosos del asfalto. 

Entre las vueltas 20 y 30, en una prueba pactada a 71, los corredores pasaron por boxes para cambiar sus gomas. La parada de Mansell fue un desastre. Se reincorporó a pista con una gran desventaja sobre Ayrton Senna. Pero el bigotón inglés, ayuda por su Williams, volvió a acercarse a los dominios del ídolo local.

 

Unas últimas vueltas mágicas

Cuando solo restaban 11 giros para el final, el McLaren de Senna se quedó sin la cuarta velocidad. El león británico rugía cada vez más cerca. Sin embargo su Williams dijo basta. No obstante, Riccardo Patrese, compañero de Mansell, aprovechó los problemas técnicos de Ayrton para acercarse a él. A pesar de las dificultades, el astro paulista no estaba dispuesto a ceder. Y se defendía como gato panza arriba. A falta de dos vueltas para el final, perdió la tercera y quinta marchas.

 

 

 

Esto suponía que desde ese momento solo podría correr en sexta en autódromo salpicado de subidas y bajadas. La caja de cambios no habría soportado reducir de esa marcha a segunda. El astro brasileño impartió entonces una de las lecciones magistrales más recordadas de todos los tiempos.

No solo consiguió que su monoplaza no se calara en las curvas y tramos lentos ni en las cuestas arriba, sino que mantuvo a raya a sus perseguidores. Ayrton Senna, emocionado con su gesta, comenzó a agitar los brazos antes de ver la bandera de cuadros mientras las tribunas no paraban de corear su nombre.

 

 

Cuando cruzó la meta y detuvo el bólido no pudo salir de él por su propio pie. El esfuerzo hercúleo habían llevado su físico al límite. La instantánea con el rostro invadido por la satisfacción y el cansancio, se convirtió en un icono del deporte nacional y mundial. Camino de boxes, su padre no paraba de advertir a todos aquellos que se acercaban a abrazar a su héroe: "Por favor, no le toquéis. Le duelo todo el cuerpo".

Después subió al podio dónde ondeó una bandera canarinha. Apenas podía sostener el trofeo, pero por fin podía dedicarle el triunfo a sus fieles. Aquel inolvidable día, firmó probablemente la carrera más legendaria de su vida. ¡Siempre Senna! 

Foto portada: wileynorwichphoto vía Wikipedia.

 

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