Prueba: Renault Mégane Sport Tourer GT Line 2016

Un familiar que no te provocará bostezos.

7 10

Nuestro veredicto

Voy a ser sincera: cuando me propusieron la prueba del Renault Mégane Sport Tourer 2016, no di saltos de alegría. Pero, a lo largo de los días, algo fue cambiando. Me acostumbré a su interior cómodo, a su entrega de potencia suave y sin estridencias, a su comportamiento neutro… Quizá fue el paso de los kilómetros, pero, cuando lo devolví, ya no me parecía tan anodino. En absoluto.

Miré con cariño sus formas de coche familiar, con 4,63 metros, 26 cm más que la berlina. Y ya no pensé que eran aburridas, sosas. Lo cierto es que mejoran con el acabado GT Line, con esos detalles que hacen que un vehículo tenga más gracia, ya sabes de lo que hablo. No por trillados estos elementos (una llanta más pintona por aquí, unas decoraciones en aluminio o con un patrón de fibra de carbono por allá…) dejan de ser efectivos. Sólo habría pedido otro color para la carrocería, quizá ese azul eléctrico metalizado tan elegante y racing (siempre me recuerda a los Subaru, salvando las distancias y quitándome el sombrero para mostrar mis respetos). Evita el gris, ya hay bastante de eso en este mundo.

Un interior para cinco. No, mejor para cuatro

Decidí, a lo loco, emprender un viaje con otros cuatro adultos para poner a prueba el Renault Mégane ST GT Line como se debe hacer: a tope de gente y de bolsas (exacto, como si fuéramos al pueblo). Abrí su maletero y encontré una caverna de 521 litros, alguno menos que en su antecesor, cierto, pero casi 140 más que en el modelo ‘normal’. Es más pequeño que el de muchos de sus rivales, pero muy aprovechable gracias a unas formas regulares. Además, la boca de carga está en una posición baja, lo que facilita la tarea de colocar el equipaje. En esta ocasión, no necesitamos más espacio (para un fin de semana, cinco mochilas, una por cabeza, son más que suficientes). Pero, si quisiéramos, unos botones en los laterales del maletero abatirían los asientos de forma sencilla, sin luchar contra respaldos y banquetas. Bien.

Renault Mégane AKAJU: solo para (muy) sibaritas.

Acomodar a mis pasajeros es otro cantar. La batalla del Mégane familiar es más larga que la de la berlina y hay amplitud para las piernas en las plazas traseras… excepto para quien ocupe el asiento central. Escucho educados comentarios del tipo “ya me coloco yo en medio, de verdad, no me importa”, que en realidad equivalen a “me sacrificaré por el grupo”. Me alegra comprobar que 400 km después, en nuestro destino, todos mueven las rodillas de forma natural.

Yo también estoy descansada: el puesto de conducción es confortable, la visibilidad es buena (aunque sería deseable una luneta posterior más grande. Por suerte, el Mégane Sport Tourer de nuestra prueba lleva de serie ayuda al aparcamiento trasero) y lo que tenemos al alcance de la mano y de la vista es… correcto, sin más. No esperes grandes lujos en los materiales, a pesar de una presentación resultona, con luces que cambian de color y la consabida pantalla gigante de la consola central. Su manejo es intuitivo, cierto, pero distrae bastante y obliga a retirar los ojos de la carretera. Así que, si vas a moverte entre los distintos modos de conducción, por ejemplo, mejor hazlo en parado y así disfrutarás tranquilamente de la modificación de gráficos y demás parafernalia asociada.

En cuanto a su comportamiento…

Por supuesto, la actuación del Mégane ST GT Line tiene un apartado específico. Acabo de hablarte de los programas que transforman la respuesta del motor, de gasóleo y con 130 CV: lo hacen más amable con el medio ambiente –si vas a viajar por autopista, resultará perfecto. En una carretera secundaria, cambia a un modo superior, más cañero, cuando tu intención sea adelantar- o más rabioso en función de lo que necesites o de tus ganas de ‘marcha’. En cualquiera de ellos notarás pocas vibraciones y rumorosidad en el habitáculo, por lo que la conversación con tus acompañantes no se verá empañada.

Prueba del Renault Mégane GT Sport Tourer: porque la familia crece... rápido.

Lo cierto es que me gusta la respuesta del propulsor a medio régimen: es lineal, progresivo, capaz de mantener cruceros altos sin esfuerzo y sin que el marcador de combustible baje con alegría: el gasto oficial es de 4 l/100 km y el real no es mucho mayor. No te voy a dar más cifras de prestaciones; no es rápido, no impresiona. No está hecho para eso, así que seguro que tampoco lo esperabas.

Uno de mis temores al emprender este viaje, la propensión a marearse de uno de mis pasajeros, se disipa al comprobar que las suspensiones sujetan la carrocería correctamente. No busques una agilidad pasmosa en los cambios de apoyo o giros planos; deja eso para el Mégane RS (que estamos deseando catar, por cierto). Aquí lo que tienes es un familiar aplomado, que traza las curvas sin aspavientos y sin alardes, permitiéndote disfrutar del viaje, del paisaje, de la charla. Te pone las cosas fáciles.

Sus modales se extienden hasta la factura de la compra, ya que el Renault Mégane Sport Tourer GT Line de esta prueba tiene un precio de 24.200 euros. Por esa cantidad te llevas la alerta por cambio de carril, el asistente de arranque en cuesta, el cambio automático de luces de cruce y carretera (su funcionamiento es mejorable, así que permanece atento), cristales tintados… Si quieres algún extra, te recomendaría el head-up display –ya que van a distraerte los colorines, al menos, que tu vista esté en el asfalto-, el pack Easy Parking y los faros full LED. Todos estos elementos juntos cuestan lo mismo (unos 1.300 euros) que la tapicería de Alcantara con pespuntes azules. Entre seguridad y estética, tengo claro lo que elegiría… aunque si eres presa de un capricho loco, desmelénate, un día es un día.

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