El AMG menos querido utilizaba uno de los más equilibrados motores de Mercedes, el OM612. Pero tenía un problema: el C30 ¡era diésel!

El Mercedes-Benz C 30 CDI AMG es uno de los modelos más particulares de la historia de AMG, porque bajo el capó ocultaba un motor diésel.

AMG es sinónimo de deportividad. Incluso los detractores de Mercedes tienen que reconocer que cualquier cosa que lleve ese apellido suele ser, hablando en plata, un “pepino”. Pero su historial no es inmaculado del todo, aquí y allá se puede encontrar alguna que otra creación que genera dudas, pero seguramente ninguna al nivel del Mercedes-Benz C 30 CDI AMG.

¿Cuál fue su pecado para ser señalado en su momento y para ser recordado incluso hoy en día? Que tenía un motor diésel.

Por aquel entonces el gasóleo no se había demonizado como ocurre en la actualidad, pero desde siempre se ha considerado casi un sacrilegio utilizar este combustible para crear coches deportivos. Pero, ¿quién tenía razón, Mercedes-AMG o sus detractores?

La marca alemana tomó una decisión arriesgada y es que, en 2002, como parte de la generación W203 del Clase C, encargó a AMG que realizara su primer trabajo sobre un motor de gasóleo. 

Puede que la gente se lleve las manos a la cabeza hoy ante esto y, de hecho, también se las llevó por aquel entonces, pero hay que tener en cuenta el contexto y es que, a principios de los años 2000, el diésel estaba en auge, siendo el tipo de combustible que muchos fabricantes recomendaban y ofrecían en sus modelos, así que era una oportunidad de abrir negocio para la rama deportiva de la compañía.

Los motores de gasóleo se conocían (siguen conociéndose hoy en día) por su gran eficiencia y bajo consumo, pero también se caracterizan por tener un par muy elevado, lo que ofrecía un punto desde el que poder verlos moviendo coches deportivos, así que allá que fue Mercedes.

Bajo el capó del C 30 CDI AMG se encontraba un motor turbodiésel de cinco cilindros en línea y 3,0 litros OM612 (una variación del clásico '270' de otros modelos), que era un bloque que utilizaban bastantes coches de la compañía por aquel entonces, pero que, gracias al trabajo de AMG, aumentó su potencia hasta los 231 CV y su par máximo hasta los 540 Nm. 

La primera cifra puede parecer pequeña para los estándares actuales, pero hay que tener en cuenta que hablamos de hace más de 20 años, mientras el segundo dato es notable incluso visto desde el punto de vista actual.

El bloque se combinaba con una caja de cambios automática Speedshift de 5 marchas, gracias a los que era capaz de acelerar de 0 a 100 km/h en 6,8 segundos y de alcanzar una velocidad máxima limitada electrónicamente a 250 km/h. Esto hizo que, en su día, fuera el coche diésel más rápido del mercado.

Las prestaciones las tenía, pero lo cierto es que lo que normalmente caracteriza a los diésel, la eficiencia, no estaba muy presente en el modelo. Homologaba un consumo en ciclo mixto de 7,6 l/100 km, una cifra bastante alta por mucho que superara los 200 CV de potencia.

Eso sí, quien se acercara a este coche tampoco lo haría por ese lado, si no por la deportividad que conllevaban las letras de AMG. Sin embargo, tampoco consiguió hacerse hueco por ese enfoque ya que, aunque la marca intentara crear un deportivo diésel que fuera fino, no llegó a estar a la altura de sus contrapartes de gasolina.

Con la situación que había en aquella época, parecía que apostar por el diésel era seguro. Sin embargo, en el caso de AMG, el Mercedes-Benz C 30 CDI AMG se quedó en una anécdota, puesto que no fue solo el primer AMG diésel de la historia, también fue el último, quedando en el recuerdo como una auténtica rareza que nunca se llegó a repetir.

A pesar de venderse en las tres carrocerías del modelo (berlina, familiar y SportCoupé), su acogida comercial fue muy pobre, tanto que apenas estuvo disponible en el mercado: en 2004 dejo de comercializarse y, aunque no hay cifras oficiales de ventas, éstas debieron ser realmente bajas.

El paso del tiempo ha hecho lo que hace siempre, poner al Mercedes-Benz C 30 CDI AMG en perspectiva. Fue una auténtica rareza que muchos consideran que fue adelantada a su tiempo y que valoran por su singularidad, mientras que son muchos los detractores que siguen pensado que juntar “deportividad” y “diésel” en la misma frase es poco menos que un sacrilegio y que no tiene ningún sentido que un AMG utilice este tipo de mecánicas.

Dado que se vendieron muy pocos ejemplares, es difícil encontrar unidades en el mercado de segunda mano, pero las que hay, conscientes de su exclusividad, mantienen cierto valor y se ofrecen por cifras que rondan los 10.000 euros.

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Mario Herráez

Colaborador

Colaborador redacción motor Auto Bild España