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El coche más bestia jamás conducido

En esta vida, todo es cuestión de tamaño. Si te dicen lo contrario... amigo, te están mintiendo.

Imagen de perfil de Noemí Alonso

La primera vez que ves el Chevrolet Silverado de Monster ni siquiera te das cuenta de que lo que hay ante tus ojos es un Chevrolet Silverado con los colores de Monster. Sólo adviertes que algo de dimensiones dantescas, negro mate, cromado y verde estridente, se acerca a ti de forma lenta pero inexorable, como en una pesadilla, emitiendo música a un volumen masivo. Apenas puedes pensar. En ese estado, es casi inevitable dejarse arrastrar por lo que propone y unirse a la juerga. Siempre que te vaya ese rollo.

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Después, cuando ya has tenido tiempo de asimilar lo vivido y el gigante se queda quieto hasta su próximo paseo, es cuando la idea cala en tu mente. “Quiero conducirlo. Necesito conducirlo”. Y así es cómo, tras meses de mails y promesas de que somos personas cabales y que nos atendremos estrictamente a las normas de circulación del paddock, el responsable de comunicación para España y Portugal de la bebida energética nos dice que el Silverado estará a nuestra disposición cuando el RallyCross recale en Barcelona. Y ese día es hoy.

 

Chevrolet Silverado Monster

 

El certamen está patrocinado por Monster y se basa en una idea sencilla: al público hay que darle espectáculo. Por eso las carreras son cortas, mezclan secciones de tierra y de asfalto y garantizan saltos, chapa, derrapes. Pilotos expertos en esta disciplina (como la familia Hansen) y consagrados en otras, pero ya retirados de ellas (Sebastien Loeb, Petter Solberg, Mattias Ekstrom), luchan con maestros del drifting como Ken Block. En los escasos ratos muertos que se dejan para recuperar el aliento, los espectadores pueden pasear entre las carpas de los mecánicos. Y aquí entra en acción nuestro protagonista, cuya misión, a primera vista, parece ser avasallar personas -sospechamos que no se inmutaría aunque pasara por encima de un autobús-, arrinconarlas. Pero no.

“Hay que dejarse ver, hacerse notar”, nos explica Toni, el conductor oficial de este Silverado de Monster. “Para ello, vamos despacio, a unos 15 km/h. Dentro del paddock, no se puede ir más deprisa”. Ajá. Por si las notas de lo que gritan sus tres juegos de altavoces, los rayos del sol incidiendo en los cromados cegadores y el bramido de su motor no fueran suficientes para advertir la presencia de esta mole. Lógico.

Me cede las llaves en el helipuerto del Circuito de Montmeló para una primera toma de contacto, no sin advertirme: “Este coche nunca se lo dejamos a nadie. Ni siquiera a otros empleados de Monster; los jefes son muy estrictos en eso”, explica mientras me ve pasar del asiento del acompañante al del conductor... sin bajar. Es más sencillo que saltar desde unas banquetas situadas a más de un metro del suelo y rodear una longitud de 5,70 m y una anchura de 2,20 m. Perdería demasiado tiempo en ese paseo.

 

Chevrolet Silverado Monster (cabina)

 

El propulsor sigue emitiendo un gruñido sordo incluso al ralentí: hay 360 CV encerrados en su 6.0 V8. Y demandan unos 25 l/100 km. De gasolina, claro, nada de diésel. Los americanos lo hacen todo a lo grande, ya lo sabes. Lo malo es que el precio del combustible aquí no es el mismo que en Estados Unidos, algo que notan las filiales europeas de la marca: “Cada país en el que organizamos eventos pide sus Silverado, los matricula, los homologa y los mueve. Imagínate cuánto nos cuesta llevarlo a Cádiz”, comenta Toni. Se me escapa una risa nerviosa.

Estoy cómoda al volante de esta pick-up gigantesca. La postura de conducción es buena, los mandos quedan a mano (el del cambio automático está en la caña de la dirección, como en todo coche yanqui que se precie), los acabados son sencillos y no hay nada excesivo o fuera de lugar. Hasta que levantas la banqueta del asiento trasero y encuentras allí las tres etapas de potencia que te recuerdan lo que hay en la caja, tras tu nuca.

Aunque es imposible saber exactamente dónde termina un capó como la pista de aterrizaje de un portaviones, me voy haciendo con la situación y Toni cree que estoy lista para bajar al paddock. El Silverado gira bastante más de lo que esperaba, pero sus dimensiones mastodónticas impiden realizar maniobras ágiles entre los pasillos de gente, que hacen signos de aprobación ante la mole de más de tres toneladas que se les viene encima y que provoca que el suelo se mueva al ritmo de los decibelios.

Una vez terminado el paseo, dejamos aparcado este Chevrolet en el espacio que normalmente ocuparían dos coches. “No cabe en los parkings subterráneos”, dice Toni, divertido. Nos olvidamos de la altura del habitáculo y casi nos caemos al saltar desde el asiento: el suelo está mucho más abajo de lo que recordábamos. La suspensión Skyjacker, que eleva la carrocería 20 cm extra (la medida total se queda en unos impresionantes 2,14 m), no ayuda en este sentido. Eso sí, permite ver con total nitidez las ballestas traseras, como en las pick-up tradicionales. Los neumáticos 325/65, montados sobre una llanta negra de 18”, son el complemento perfecto de un vehículo que haría las delicias de cualquier estrella del rap trasnochada.

Nos despedimos preguntándonos qué habría pasado de haber podido llevarlo al servicoche de una hamburguesería, nuestra (loca) idea inicial. Y sintiéndonos un poco más poderosos. No siempre los monstruos son tan amables.

 

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