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Prueba Mercedes G500 4x4² Brabus: ¡de otro planeta!

Tan molón como poco práctico. Nacido para intimidar, ¡lo consigue!

Una confesión previa antes de empezar la prueba del Mercedes G500 4x4² Brabus: lo reconozco, soy un fan del Mercedes Clase G. Su estética es sinónimo de robustez y poderío, y sus casi 40 años de historia y 300.000 ejemplares producidos sin apenas cambios lo han convertido ya en una leyenda. Por eso, cuando tuve la oportunidad de probar las virtudes del Clase G más animal, no me lo pensé: ¡allá voy!

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El Mercedes Clase G 500 4x4 al cuadrado (tela con el nombre) es la versión amigable del extraordinario 6x6, el gigantesco pick-up de seis ruedas con el que Mercedes nos grabó de manera casi perpetua una exclamación en nuestra cara. Una versión inspirada en el off-road más salvaje pero cuyo objetivo es el de impresionar. Lo consigue, ¡vaya si lo consigue!

 

 

Estoy en Marbella, probablemente el lugar de España donde el postureo alcanza su punto más álgido. Me lo encuentro por casualidad y cumple con nota: no hay nadie en diez metros a la redonda que no esté señalando y alucinando con este coche. Es una especie de tanque, mide 2,25 metros de alto; es decir, el morro te llega a la altura del pecho. Da sensación de autoridad absoluta, ese es su principal valor. Para comprobar si todo esto es sólo una fachada salvaje me desplazo hasta Supergarage, el hotel de cinco estrellas automovilístico donde varios coches de alta gama descansan en espera de la llegada de sus propietarios.

Frente a mí, este bicharraco luce brutal. Abres el Brabus G500 4x4² y automáticamente un pequeño escalón se despliega para hacer más viable la escalada hasta las plazas delanteras. Para subir a las traseras tienes que escalar, sí o sí. Una vez dentro, la mezcla entre lo clásico y lo moderno es brutal. Los detalles en Alcantara, tanto en el volante como en los asientos, le dan un punto racing más que interesante y la fibra de carbono está muy presente en este coche, tanto fuera como dentro -está de moda, no podía faltar-. En el apartado tecnológico, y pese a la veteranía del modelo, la última versión del Clase G no renuncia a la tecnología más moderna y actual. La posición es muy recta y con el parabrisas colocado vertical tienes la sensación de poder dominar el mundo. Eso sí, sorprende su estrecho habitáculo, las plazas traseras son justitas: sí, es un coche de casi 40 años.

 

Prueba Brabus G500 4x4² (interior)
Su interior combina lo clásico y lo moderno.

 

Arranco y un borboteo más parecido al de una Harley Davidson inunda el habitáculo de este Brabus G500 4x4² que estoy probando : ¡nos vamos! Una recta, piso a fondo y el sonido del nuevo V8 de cuatro litros se asemeja más al de un helicóptero. Sus 422 CV y 600 Nm empujan con sorprendente soltura (pesa 3 toneladas). Se siente imparable y poderoso. Llego a una rotonda y cuando toca girar abandona su zona de confort. La conductora de un Dacia Sandero me da las gracias por cederle el paso. Básicamente me da las gracias por haberle salvado la vida: “de nada, mujer”.

Su extraordinaria altura y rigidez hacen que durante esta prueba del Brabus G500 4x4² tenga la sensación de ir a volcar a la mínima. No está pensado para ir de curvas, no me cabe duda. Este coche ha nacido para ser protagonista de una escena más propia de otro planeta: no vas a cazar dinosaurios, sólo pretendes dejar muy claro al mundo quién la tiene más grande. Este ejemplar cuenta con distintos detalles de Brabus, accesorios que muchos dueños no dudan en montar. La parrilla en negro aumenta todavía ese rollo de gánster intimidatorio.

 

Prueba Brabus G500 4x4² (movimiento)
Su comportamiento en carretera es duro, seco y poco refinado. Normal.

 

Entrar en la autopista con él es un reto. El traqueteo de los neumáticos, la dureza de su suspensión y el poderío mecánico crean un cóctel poco común. Todo el mundo te mira, miras a todo el mundo y te sientes un semiDios. Esta bestia alcanza los 210, pero a esa velocidad debe ser lo más parecido que existe hoy en día a una catapulta cargada a punto de ser manejada por un vikingo borracho. El cambio es de auténtico deportivo: el 7G-Tronic de doble embrague dota de gran efectividad y precisión al conjunto. Toca regresar, es suficiente. Me bajo con la sensación de haber conducido algo único. Confieso que me quedo con las ganas de ir monte a través tirando pinos y abetos, pero para eso necesitaré un Euromillón generoso. Mientras, tengo claro que este producto está concebido para llamar la atención y que pocos coches cumplen su función con tan buena nota.

Mi conclusión final es clara: exuberante, bestial y provocador. Este Clase G roza lo absurdo, pero a veces lo absurdo es tremendamente maravilloso.  ¿El precio de lo absurdo? Alrededor de 300.000 euritos.

 

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