Chasis de camión de bomberos de 1907, motor de avión V12 de 1920 y 750 CV a 1.700 rpm. Así arranca Brutus

Brutus BMW V12
Brutus BMW V12

El Brutus BMW V12 es una de esas locas creaciones posteriores a la Primera Guerra Mundial que estremecen tus entrañas cuando encienden el motor.

Hablar del Brutus BMW V12 es adentrarse en una de esas historias del automovilismo que parecen sacadas de un laboratorio de científicos locos más que de un taller tradicional. Una suerte de Frankenstein en el que un único recipiente toma elementos de muy diferente índole para acabar creando un auténtico monstruo, solo que en su caso para bien y que funciona como una bestia de la carretera.

El Brutus es una mezcla de ingeniería descomunal y de creatividad sin miedo al exceso, un ejemplo de que hubo una época en la que las normas y las restricciones eran menores, en la que no solo se podía soñar, si no que además se podía coger ese sueño y hacerlo realidad.

Lógicamente, para entender qué es exactamente Brutus, necesitamos algo de contexto. Hay que viajar a los años posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Por aquel entonces los fabricantes tenían que enfrentarse a un pequeño “problemilla”: toneladas de motores de aviación que habían quedado sin uso tras el conflicto. Aunque eran perfectos para aviones, también eran enormes, potentes y excesivos para prácticamente cualquier cosa que tocara el suelo, así que parecía que no había manera de aprovecharlos.

Sin embargo, eso nunca detuvo a quienes veían en esos motores una oportunidad de crear algo… diferente. Fue esta tesitura tan concreta la que hizo que, durante unos años, fuera algo relativamente normal montar gigantescos motores concebidos originalmente para la aeronáutica en chasis de automóviles.

Brutus BMW V12 es uno de los grandes exponentes de esa tendencia. El invento se gestó en el Museo de Auto y Tecnología de Sinsheim, en Alemania, donde a mediados del siglo XX decidieron utilizar un motor BMW VI V12, un colosal propulsor de aviación de los años 20, para crear un coche funcional.

El propulsor en sí ya era una auténtica bestia porque, aunque sus 750 CV son una potencia a la que estamos relativamente acostumbrados en la actualidad, donde se consiguen con cierta facilidad gracias a las mecánicas eléctricas, lograrlas por aquel entonces implicaba utilizar un V12 que tenía anda menos que 46 litros de cilindrada. Ahí es nada.

Elegido el motor, que era pura fuerza bruta diseñada para elevar biplanos de madera y lona a cielos, el paso siguiente era encontrar un chasis que fuera capaz de soportarlo. Se optó por uno de un coche de carreras de la década de 1920 que, a pesar de ser “de competición”, había sido concebido para lidiar con motores mucho más modestos. Sin embargo, era lo mejor que había, así que siguieron adelante con ello.

El resultado fue una criatura absolutamente desproporcionada, con un capó interminable, un peso masivo concentrado en el frontal y una apariencia que inspiraba respeto sin necesidad de moverse. Era un coche que imponía antes incluso de escuchar su rugido… y eso es mucho decir, porque una vez se ponía en marcha era como tener en frente a una criatura del averno.

Y no es un decir, poca gente ha tenido la oportunidad de ver en vivo uno en acción, pero gracias a internet podemos verlo aunque sea de manera telemática:

Cuando el V12 arranca, el aire vibra y el suelo parece cobrar vida. No es una exageración: las explosiones internas de un motor de esta escala son algo que no solo se escucha, directamente se siente, como cuando en un concierto aprietan los graves. Es una experiencia intensa ya en estático, pero en movimiento sube de nivel.

Conducirlo es un acto de valentía. El Brutus es un coche concebido hace un siglo, así que no tiene asistencias ni confort, y a la suavidad ni se la espera. Es algo común a los coches de aquella época, pero que se lleva al extremo en un vehículo que monta un motor de avión.

El bloque responde como respondería en una aeronave, no como un propulsor pensado para parar entre semáforos. La caja de cambios es primitiva y la dirección es dura, y además gasta como si no costara, con testimonios que hablan de consumos cercanos a los 50 o incluso 100 litros por cada 100 kilómetros… y otros que argumentan que necesitaba un litro para recorrer tan solo 70 metros, lo que significa, si hacéis el sencillo cálculo, que gastaría unos 1.300 litros de combustible cada 100 km.

Mito o realidad, lo cierto es que todo lo que rodea al Brutus deja claro que es un vehículo que es una oda al exceso. En el periodo de entreguerras sobraban motores de avión y los locos del volante les dieron un uso que nadie podía esperar.

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Mario Herráez

Colaborador

Colaborador redacción motor Auto Bild España