Parece que el Datsun 240Z fue lanzado sin fe. Quizá por eso utilizaba piezas de una modesta berlina

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Este icónico japonés tiró de soluciones pragmáticas para convertirse en un deportivo no elitista y el paso del tiempo ha demostrado que tenía razón.
Cuando en 1969 Datsun presentó el 240Z, pocos imaginaban que aquel coupé deportivo acabaría convirtiéndose en uno de los coches japoneses más influyentes del siglo XX (además de ser uno de los coches más bonitos de la historia, desde mi humilde punto de vista).
Con una silueta atractiva, buenas prestaciones y un precio muy competitivo, el Z no solo conquistó al público, sino que cambió la percepción global del automóvil japonés. Pero, lo que no sabe mucha gente es que, detrás de ese éxito, hubo también una decisión clave, pragmática y que incluso podría tildarse de algo “cutre”, pero que funcionó a la perfección: aprovechar la experiencia y muchos componentes del Datsun 510.
Si no te suena, no te preocupes, a fin de cuentas, es una berlina aparentemente modesta que tampoco ha dejado huella en el mundo del automóvil. Sin embargo, resultó ser un banco de pruebas perfecto para crear uno de los deportivos japoneses más icónicos.
A finales de los años sesenta, Nissan buscaba un deportivo capaz de rivalizar con modelos europeos como el MGB, el Alfa Romeo Spider o incluso el Jaguar E-Type, pero sin los problemas de fiabilidad ni los costes elevados que estos solían arrastrar.
El proyecto, liderado por Yoshihiko Matsuo, tenía un objetivo claro: crear un coche rápido y emocionante, pero también fácil de fabricar, mantener y vender a gran escala, especialmente en Estados Unidos, que era un mercado clave para la marca.
El Datsun 510, lanzado en 1967, fue una parte fundamental de este proceso. Aunque se trataba de una berlina compacta de cuatro puertas, su planteamiento técnico era bastante avanzado. Contaba con suspensión trasera independiente tipo Chapman, con brazos oscilantes y muelles helicoidales, una solución poco común en coches de su categoría y precio.
Este esquema se trasladó, con las adaptaciones necesarias, al 240Z, que lo combinó con una suspensión delantera McPherson. El resultado fue un chasis equilibrado, con un reparto de pesos cercano al 52/48, prácticamente perfecto, que ofrecía un comportamiento ágil y predecible que valía oro en un vehículo de estas características.
En cuanto a dimensiones, el 240Z apostó por un formato compacto y ligero. Medía 4.140 mm de largo, 1.626 mm de ancho y apenas 1.283 mm de alto, con una batalla de 2.305 mm. Su peso rondaba los 1.040 kg, una cifra muy contenida para un coche con motor de seis cilindros. De nuevo, otro punto clave para conseguir unas prestaciones notables y también para que fuera un deportivo eficaz.

El apartado mecánico es otro ejemplo claro de esta filosofía de reutilización inteligente. El corazón del 240Z era el motor L24, un seis cilindros en línea de 2.393cc, perteneciente a la familia “L” de Nissan, utilizada en modelos como el 510 ya mencionado y en otros turismos de la marca.
En el Z, este propulsor incorporaba doble carburador SU, un árbol de levas específico y una relación de compresión de 9.0:1, lo que le permitía desarrollar alrededor de 151 CV a 5.600 rpm y un par máximo de 198 Nm.
Visto desde el prisma actual puede no parecer mucho, pero pensemos que hablamos de hace prácticamente 60 años, así que en esta época estaba francamente bien. El bloque estaba asociado a una caja manual de 4 velocidades (que más adelante se reemplazaría por una de 5) para ofrecer una aceleración de 0 a 100 km/h en unos 8 segundos y una velocidad máxima cercana a los 200 km/h. De nuevo, cifras muy respetables para la época.
Todavía hay más puntos en común con el 510: el sistema de frenos. Partía de la misma base, pero en el deportivo el sistema estaba reforzado. El 240Z montaba discos delanteros y tambores traseros, una configuración habitual en aquellos años (habría que esperar para que se popularizasen los discos detrás), pero con un tarado más deportivo que le aportaba mayor mordida.

La dirección de cremallera, directa y comunicativa con el conductor, contribuía a crear una experiencia de conducción muy disfrutable que rápidamente ganó elogios tanto de la prensa especializada como de los aficionados.
La estrategia de aprovechamiento también se podía percibir en el habitáculo del vehículo. Muchos mandos, interruptores y componentes eléctricos procedían del catálogo de Nissan, lo que reducía costes y mejoraba la fiabilidad.
Aun así, como ocurría en el resto de áreas, el habitáculo del 240Z ofrecía una atmósfera claramente deportiva, con cuentarrevoluciones y velocímetro de gran tamaño, relojes auxiliares en el centro del salpicadero y una posición de conducción baja y envolvente, en consonancia con el tipo de vehículo que era.
Gracias a esta combinación de piezas probadas, diseño atractivo y puesta a punto específica, el Datsun 240Z logró algo poco habitual: ser deportivo sin ser elitista. Un icono atemporal.

