El Viper con su V10 es el muscle car americano más peculiar. Y casi tuvo un hermanito con motor V6

En 1997, en el North American International Auto Show de Detroit se presentó el Dodge Copperhead, una suerte de ‘baby Viper’.
Si hablamos del deportivo estadounidense por excelencia es posible que alguien piense en el Chevrolet Corvette, pero la realidad es que el modelo que mejor representó este concepto fue un vehículo que ya está extinto: el Dodge Viper. Desde su debut en 1992 hasta su adiós en 2017, este deportivo de dos plazas fue famoso en el mundo entero… pero lo que mucha gente no sabe es que a punto estuvo de tener un hermano pequeño con un motor diferente.
El Viper ser caracterizaba por muchas cosas, entre ellas por su enorme motor V10 de aspiración natural, que mandaba a las ruedas traseras entre 400 y más de 640 CV según la generación. Era un vehículo aspiracional: muchos soñaban con tenerlo, pero pocos podían permitírselo. Así, Dodge barajó una idea: ¿y si hacían un coche “como el Viper” pero sin que el interesado tuviera que hipotecar un riñón para conseguirlo? Así es como casi nació el “baby Viper” con motor V6.
Corría 1997, cuando la marca estadounidense presentó en el North American International Auto Show de Detroit un prototipo llamado Copperhead (aunque más tarde simplemente se le llamó “Concept Vehicle”). La idea era tan simple como tentadora: ¿y si pudiéramos tener un coche que se sintiera como un Viper, pero fuera más ligero, más barato y más accesible?
El Copperhead se construyó sobre la plataforma del Viper, pero fue modificado extensamente para crear un automóvil más ligero y ágil. A diferencia de su hermano mayor, que apostaba por la potencia bruta, el pequeño buscaba las sensaciones de conducción. Su chasis mantenía la disposición de motor delantero longitudinal y tracción trasera, pero adaptado para un comportamiento más ágil que ofreciera un mejor rendimiento en curvas.
Esa era una de sus claves: en lugar del enorme V10 de hasta más de 8 litros que caracterizaba al Viper, el Copperhead estaba equipado con un motor V6 de 2,7 litros que pertenecía a la familia de motores Chrysler LH. Este propulsor, totalmente de aluminio y con un doble árbol de levas en cabeza (DOHC), era mucho más modesto que el Viper tradicional, pero tampoco estaba mal para la época de que hablamos, ya que era capaz de desarrollar 220 CV de potencia. Además, se combinaba con una caja de cambios manual de 5 velocidades, así que se potenciaba ese sentimiento de deportivo purista.
Aunque se podría pensar que un coche “más barato” sería necesariamente más pequeño en todo, el Copperhead en realidad tenía unas dimensiones que no eran precisamente compactas: ligeramente: su longitud era de 4.242 mm, su anchura de 1.829 mm y su altura de 1.262 mm; a lo que añadía una distancia entre ejes de 2.794 mm. Es por eso que no extraña que pesara 1.295 kg, lo que era ligero, pero apenas suponía algo más de 200 kg de ahorro respecto al Viper de por aquel entonces.
Los neumáticos del Copperhead también eran parte del secreto de su agilidad: 225/40R18 delante y 255/40R18 detrás. A esto se añadía un esquema de suspensión de doble brazo en ambos ejes con amortiguadores de muelle, un conjunto diseñado para ofrecer tracción y respuesta directas sin demasiadas florituras, que era lo que se iba a demandar a un vehículo de este corte.
Se mire por donde se mire, la propuesta era de lo más interesante y tuvo un impacto suficiente como para despertar el interés del público en Detroit. Eso, sobre el papel, debería haber sido suficiente como para que hubiera conversaciones para llevarlo a la realidad, pero el Dodge Copperhead nunca llegó a producción.

¿Cuáles fueron los motivos para ello? ¿Qué hizo que acabara enterrado? Hubo varios motivos, pero uno de los principales fue que el mercado estaba empezando a virar hacia los SUV, unos vehículos que empezaban a ganar terreno y de los que las marcas vieron que podían sacar un buen rédito económico. No solo le pasó a Dodge, si no a otros tantos, que empezaron a dejar de lado proyectos más pasionales para apostar por otros en los que las cuentas salían mucho más fácil.
Además, a esto se sumó que los planes automovilísticos de Chrysler cambiaron tras su fusión con Mercedes-Benz, lo que de nuevo hizo que la compañía diera prioridad a otros proyectos más rentables.
También podemos achacar la decisión a los gustos típicos del mercado estadounidense. Aunque en Europa se hubiera recibido con brazos abiertos a una suerte de ‘Baby Viper’, en EE.UU., donde el consumo de gasolina no importaba y siempre se ha apostado por los motores grandes, al Copperhead de producción seguramente se le hubiera visto como un deportivo de segunda.
