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Opinión: ¿es el Mini Cooper S R53 el juguete definitivo?

¿Deberían los compactos deportivos dar un paso atrás?

Imagen de perfil de Alex Aguilar

Vivimos sumidos en una era donde la obsesión por conseguir propulsores cada día más potentes y respetuosos con el medio están convirtiendo las labores de desarrollo de los fabricantes en una competición para descubrir "quién puede apretar más un tornillo". ¿Verdaderamente es lo que los usuarios necesitamos? ¿Hemos perdido el norte en los últimos años? Hoy vengo a hablarte de un modelo mítico: el Mini Cooper S R53. Y de por qué deberías pensar en comprarlo si buscas sensaciones y no sólo prestaciones. 

Opinión: ¿están los fabricantes perdiendo su identidad?

Ya sé lo que me vas a decir: cuanta más potencia tengas disponible bajo el pedal del acelerador, mejor. Y estoy de acuerdo contigo... siempre y cuando esto se de en el coche adecuado. El espíritu de un compacto deportivo -aquí tienes unos cuantos iconos GTI que marcaron una época- ha sido de toda la vida el de regalar a su conductor unas prestaciones de infarto siempre que quien estuviera tras el volante supiera abrir la caja de las esencias, tal como ocurría en modelos como el mítico Opel Kadett GSi. ¿Qué está sucediendo últimamente? Que todo el mundo ha caído en las redes del turbocompresor... a cambio de lanzar al mercado automóviles con mucha menos gracia

Conoces el Mini Cooper S R53, ¿verdad? Apareció en nuestro país en 2002 y, además de hacer gala de un comportamiento brutalmente deportivo que dejaba muy poco margen para el confort y mucho para la diversión, estaba dotado de un bloque de 1,6 litros asociado a un compresor que erogaba 167 CV -170 en el modelo que aparecería en 2005-. Seguro que para las cifras que se manejan hoy en día -recuerda que el próximo Fiesta ST 2018 tendrá 200 CV con un bloque 1.5 de tres cilindros- no te impresiona para nada... pero deberías fijarte en un pequeño detalle: a pesar de contar con algo de ayuda externa para ofrecer algo más de músculo, su forma de entregarlo es completamente respetuosa con la idea original de un GTI. La progesividad de la que sólo una mecánica atmosférica puede presumir. 

Prueba del Mini Cooper S: esencia de clásico, alma de deportivo... y turbo

Cuando te acostumbras a la inmediatez en la entrega de potencia de un vehículo dotado con un turbocompresor, toda la experiencia deportiva de un pequeño deportivo pierde muchos matices que no hacen más que limitar las dimensiones de la diversión. ¿Dónde queda el saber que la zona dulce de tu coche está en la franja más alta del tacómetro? ¿Y el negociar curvas sabiendo que un mal cambio puede hacerte perder velocidad de un modo humillante? Puede que ahora los coches estén pensados para que cualquiera pueda sentir que es un as del volante. Y por eso se ven las bofetadas inexplicables que inundan YouTube -aquí tienes todo lo que no debes hacer nunca en Nürburgring-. ¿Realmente vamos a mejor?

Si estás buscando algo realmente divertido con lo que sentir en cada metro recorrido que estás dando lo mejor de ti -sin que te sientas insultado siempre, como sucede en vehículos como el Civic Type R actual-, quizá debieras olvidarte de gastar un dineral en un pequeño cohete moderno: en el mercado de segunda mano -aquí tienes las mejores perlas que vas a escuchar al comprar un coche usado- tienes buenos ejemplares del Mini Cooper por un precio medio de unos 7.000 euros -que es bastante menos de lo que tendrás que aflojar por una unidad del nuevo Mini 2018-. Eso sí: como podrás entender, el uso al que habrán sido sometidos distará mucho del clásico "para hacer recados los domingos"...

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