El Mercedes SLS AMG es un superdeportivo que ha ganado con el paso de los años. Su motor M159 también tiene algo de culpa

Mercedes-AMG SLS AMG.
Mercedes-AMG SLS AMG.

Rebobinamos hasta 2010, cuando Mercedes presentó un superdeportivo no apto para los amantes de la conducción confortable. El SLS AMG era un homenaje al Alas de gaviota.

Seguramente, aún se te haya quitado el mal sabor de boca del nuevo Mercedes-AMG GT 4 puertas eléctrico y su extraña zaga que parece una vitrocerámica. Por eso, vamos a intentar endulzar un poco el paladar, recordando el Mercedes SLS AMG, un coche que merece la etiqueta de superdeportivo con creces y que requería cierta habilidad para conducirlo.

A lo largo de la historia, Mercedes ha producido numerosos deportivos. Normalmente, no eran deportivos extremos, sino vehículos con los que viajar a gran velocidad por carreteras y autopistas, pero sin renunciar al lujo y al confort.

Pero, de vez en cuando, se salía de ese redil y sacaba algo más salvaje. Puedes pensar en un Mercedes CLK GTR, un Mercedes-McLaren o un Mercedes C 63 AMG Black Series, sin olvidar el Mercedes-AMG ONE con tecnología directa de la Fórmula 1. En este grupo también podemos incluir el Mercedes SLS AMG.

Este modelo se presentó en 2010 y representaba una especie de interpretación moderna del legendario 300 SL Gullwing. De hecho, uno de los elementos más llamativos eran las puertas tipo alas de gaviota, como el clásico deportivo de los años 50.

El paso del tiempo le ha sentado bien al SLS AMG, ahora que la marca de la estrella anda muy enfocada en la electrificación y los últimos modelos no emocionan como antes. Y parte de la culpa está bajo el capó, aunque no sólo.

Mercedes SLS AMG, un superdeportivo de pura raza

El Mercedes SLS AMG era un coche muy exigente a la hora de conducirlo. Requería cierta habilidad y conocimientos, no era un vehículo para cualquiera, aunque dispusiera de los más de 200.000 euros que costaba de inicio (alcanzó los 270.000 euros en la versión Final Edition de 2014).

Esto se debía a que era un coche muy potente, pero también a que tenía unas reacciones muy vivas y estaba muy lejos de ser un coche cómodo.

Empezando por el motor, llevaba un V8 con código M159 que, a su vez, derivaba del M156, el primer bloque de ocho cilindros diseñado de manera independiente por AMG. Este motor de aspiración natural se concibió para la competición y se utilizó también en varios coches de alto rendimiento de la compañía.

El diseño del M156 fue obra de Bernd Ramler, el ingeniero que también estaba detrás del maravilloso V10 de 5.7 litros que montaba el Porsche Carrera GT (provoca tristeza recordar estos tiempos…)

Motor M159

Motor M159 del Mercedes-AMG SLS AMG
Motor M159 del Mercedes-AMG SLS AMG

El motor V8 M159 del Mercedes SLS AMG incorporaba un sistema de admisión completamente nuevo, un tren de válvulas y árboles de levas rediseñados y colectores de escape tubulares de acero optimizados para el flujo, así como una reducción de la restricción del sistema de escape. La lubricación era mediante cárter seco para reducir el centro de gravedad.

Con 6.3 litros de cilindrada, producía una potencia de 571 CV a 6.800 vueltas y 650 Nm de par a 4.750 rpm. Se combinaba con una caja de cambios automática AMG SPEEDSHIFT DCT, de doble embrague y siete velocidades, con cuatro modos de funcionamiento: Controlled Efficiency, Sport, S+ y Manual, más una función denominada Race Start para salir desde parado con la máxima aceleración.

Con todo, el SLS AMG aceleraba de 0 a 100 km/h en 3,8 segundos y alcanzaba los 317 km/h de velocidad máxima. Más tarde, la potencia se incrementó hasta los 591 CV en las versiones GT, aunque el par permaneció invariable.

El motor V8 M159 era muy potente y ganaba velocidad en muy poco tiempo, pero también emitía un fuerte sonido, incluso cuando se viajaba a velocidad constante, sin practicar una conducción deportiva.

Un coche difícil de conducir

Mercedes-AMG SLS AMG.
Mercedes-AMG SLS AMG.

Esta es, precisamente, una de las razones que lo hacían un vehículo incómodo. Otra era el tarado especialmente duro de las suspensiones, que hacía que coger baches se convirtiera en una tortura.

A esto había que añadir las proporciones y el diseño de la carrocería. Entrar y salir del coche era una tarea complicada. Una vez dentro, el techo quedaba muy bajo y las personas con más de 1,80 metros de estatura podrían estar incómodas.

Asimismo, el puesto de conducción era peculiar. Los asientos estaban situados casi encima del eje trasero, y el capó era muy largo. Esto hacía que fuera difícil controlar los ángulos del coche y hacerse una idea de dónde empezaba la carrocería.

Ahora bien, todo el interior estaba rematado con materiales de una calidad exquisita, con mucho cuero y elementos de metal.  Y todos los ‘problemas’ desaparecían cuando se pisaba el acelerador y el V8 comenzaba a rugir.

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Álvaro Escobar

Colaborador

Colaborador redacción motor Auto Bild España