¡Nos ponemos al volante del Mini oficial del Dakar!

Un millón de euros en nuestras manos…

Desde Marrakech, un convoy de casi una docena de Mini Countryman avanza hasta los pies de la Cordillera del Atlas. Allí nos espera el equipo X-Raid, encargado de construir los Mini John Cooper Works Rally que han participado en el último y mítico Dakar 2017

Vemos varias tiendas de campaña, con baños, aire acondicionado y todo lujo de detalles, algunas jaimas, el camión de asistencia de estos vehículos de carreras y, por supuesto, los protagonistas: los dos Mini del Dakar. Uno, el de Mikko Hirvonen, subcampeón del Mundo de Rallys; el otro, el de Orlando Terranova, un simpático argentino que nos va a demostrar lo lejos que nos encontramos de su nivel.

Este Mini poco o, más bien, nada tiene que ver con el de serie. Por ejemplo, lleva una suspensión compuesta por ocho amortiguadores cuyo precio ronda los 16.000 euros. Además, sus pinzas de freno traseras están refrigeradas por agua y en los ejes hay diferenciales con bloqueo Xtrac. Eso sí, su consumo, aunque sea diésel (motor BMW de seis cilindros y 340 CV), es brutal: en un tramo del Dakar normal gasta unos 45 litros cada 100 km, pero en dunas puede llegar a ser de 100 litros... Es decir, uno por kilómetro. Y te quejas tú del tuyo...

Vamos a comenzar conduciendo nosotros… Sí, a los de Mini se les ha ido la olla y nos van a dejar pilotar este prototipo tan exclusivo... El resultado puede ser devastador. Pero a ellos se les ve tan tranquilos, y justamente eso me tranquiliza a mí también, aunque no puedo evitar un pequeño estado de ansiedad mientras me enfundo el mono y el casco de piloto. A mi lado se va a sentar el copiloto portugués Paulo Fiuza... ¡Menudo valiente!

Así que ahora me toca darlo todo, o al menos, intentarlo... Para hacerlo, me tengo que 'introducir' en el asiento del piloto. Bueno, me cuesta bastante menos que en el Mitsubishi de Cristina Gutiérrez (la primera española que acaba el Dakar en coche) hace solo unos días y que en este enlace puedes ver el vídeo de lo que dio de sí aquel día. "Esto comienza bien", pienso... Arranco pulsando un botón y el ronroneo del motor me pone los pelos, los pocos que tengo, de punta. Es de esos sonidos que parecen conectarse a tu cerebro de una forma misteriosa y transmitirte un claro: "Chaval, cuidadín, que bajo tu pie derecho hay mucha chicha". 

Y aunque el cambio de seis velocidades es secuencial, veo que también existe un pedal izquierdo. Le pregunto a Paulo el porqué y me dice que debo apretar el embrague para insertar primera y salir, y lo mismo al llegar de vuelta a la carpa y circular lento.... lo demás, nada, sin embrague... a capón. Pues hale, tengo por delante dos vueltas a un circuito de cinco kilómetros y pura tierra. Aunque se ven las montañas del Atlas, las dunas comienzan más allá. Este es un camino de tierra como el que podría haber en las cercanías de Torremocha del Jarama.

Salgo con calma y me tomo la primera vuelta para conocer el coche. Todo durito, pero no tanto como me esperaba. Y lo que más me gusta: la palanca que bloquea el freno trasero queda muy a mano... En la primera curva a izquierdas le doy un toque y como veo que no lo he hecho con ganas, le doy un segundo meneo. Ahora sí noto como la trasera se cruza. Acelero y contravolanteo y el coche se coloca como por arte de magia, sin excesivos bandazos. Voy bien. La segunda vuelta aumento el ritmo y noto el tremendo par de 800 Nm de este Mini, que sale terriblemente bien en tercera velocidad de casi cualquier situación. En rectas es demasiado nervioso, por lo  que opto por divertirme más en las curvas. Con tendencia al subviraje, el toque en el freno de mano es fundamental para meter el coche en la curva. Su volante es pequeño y su dirección, de carreras, hiperdirecta.  

Llegamos a una curva a izquierdas después de una bajada bastante pronunciada y me meto mucho en el interior. Paulo pensaba que iba a entrar más despacio, pero la polvareda que se arma fuera se mete en el habitáculo y Paulo tuerce un poco el gesto. "Lo siento", le digo. Él sonríe al ver que, finalmente, resuelvo la situación con algo de dignidad...

Llegamos a la tienda del equipo. Piso embrague y detengo el vehículo. Le digo a mi valiente copi: "Paulo, espero no haberlo hecho demasiado mal...". Él me responde: "Tranquilo, ha estado bien". A esta frase se le llama, de toda la vida, 'mentira piadosa'.


Llego pensando que Mini me va a hacer una oferta para dejar AUTO BILD y correr con ellos el Dakar... Pronto se me pasan esos aires de grandeza que adquieres por unos momentos, casi instantáneos, al bajarte de pilotar un coche así sin tener percances serios y sin romperlo. Se me pasa tan pronto como solo unos minutos después, al subir de copiloto con Orlando Terranova, un simpático argentino que pilota como habla: con tanto desparpajo que te deja con la boca abierta. Aunque más vale cerrarla. El polvo se te puede meter hasta la garganta... 

No puede evitar ser tan dicharachero. Y es que Orlando Terranova, piloto oficial de Mini, es argentizo, más concretamente de Mendoza donde vino a este lento mundo, para él, hace 37 años. Ha ganado varias etapas del Dakar (prueba que ha corrido dos veces en moto y nueve en coche). Seguro que, en breve, lo vemos en el podio.

Me enseña que lo que yo creía una demostración de pilotaje que terminaría en fichaje estrella ha sido un paseo a Miss Daisy. No es que parezca haber ido parado, es que casi parece que he ido marcha atrás. 

Al ver la velocidad a la que Orly pasa por los tramos, cómo coloca el coche y la rapidez con la que maneja volante, cambio o palanca de freno, me deprimo un poco. Solo el que lo hiciera con una sonrisa en la cara, impidió que me cortara las venas allí mismo. Pero bueno, soy muy consciente de mis limitaciones y me dedico a divertirme a su lado y tensar el cuello para no perder la cabeza en uno de los rotos por los que volamos a más de 160 km/h. Pero, ¿sabes lo peor? Que todo lo hace más tranquilo que yo conduciendo por la Castellana... Nada, a ver si ahorro el millón de euros que cuesta este Mini y me dedico a aprender... pero mucho. 

 

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