El Bugatti Veyron costaba 1,7 millones, pero la marca perdía cinco veces más con cada uno que vendía. Les valió la pena

Bugatti Veyron
Bugatti Veyron

Bugatti vendía el Veyron a pérdidas millonarias, pero su estrategia de inversión ha sido un éxito a largo plazo.

El Bugatti Veyron no fue solo un coche rápido ni un ejercicio de ingeniería exagerada. Fue, sobre todo, una operación estratégica de marca que, viendo los números, casi se podría calificar de absurda. Cuando llegó al mercado, su precio base rondaba los 1,7 millones de euros, una cifra descomunal. Sin embargo, lo realmente interesante es que fabricar cada unidad costaba bastante más de lo que Bugatti ingresaba por ella, así que los vendía a pérdidas.

En algunos cálculos internos se habla de pérdidas de varios millones por coche vendido y, aún así, el Veyron fue una de las decisiones mejor tomadas dentro de la historia moderna de la automoción.

La clave está en que el Veyron no estaba pensado para ganar dinero directamente. Fue concebido para devolver a Bugatti al candelero, convertirla en una marca deseada y colocarla en una posición interesante para generar “pasta” a posteriori. ¿Cómo? A base de versiones especiales y series limitadas que sí serían extremadamente rentables, pero, sin complicarse en exceso, ofreciendo opciones de personalización tremendamente caras con las que de verdad se hacía negocio.

En otras palabras: el coche “normal” perdía dinero, pero el ecosistema que creó alrededor lo compensaba con creces y clara muestra de ello es la trayectoria que ha tenido Bugatti en los últimos años.

El corazón del Veyron era una auténtica locura mecánica. Un motor W16 de 8.0 litros con cuatro turbocompresores, capaz de desarrollar 1.001 CV en su versión original. La transmisión era automática de doble embrague y siete velocidades, y el sistema de tracción total tenía que lidiar con una cifra de par cercana a los 1.250 Nm. Todo esto permitía al coche acelerar de 0 a 100 km/h en unos 2,5 segundos y alcanzar una velocidad máxima de 407 km/h, algo completamente loco para la época.

Pero ese nivel de rendimiento tenía un coste brutal. El desarrollo del coche fue uno de los más caros de la historia del automóvil, con unos 6 años de proyecto y una cifra invertida en I+D que no se sabe con exactitud, pero que superaría los 1.600 millones de dólares. Con esto en mente, por cada Veyron “básico” que se vendía, se perdían algo más de 6 millones de dólares.

Mark Fagelson - TG

Pero aquí es donde empieza lo interesante desde el punto de vista económico. El Veyron sirvió como base para una serie de ediciones especiales que sí generaban márgenes más altos o, al menos, que reducían la pérdida.

Por ejemplo, el Bugatti Veyron Grand Sport, una versión descapotable, elevaba el precio por encima de los 1,9 millones de euros. Técnicamente mantenía el mismo W16 de 1.001 CV, aunque con ajustes aerodinámicos y estructurales para compensar la pérdida del techo.

Después llegó el Veyron Super Sport, una evolución más extrema que subía la potencia hasta los 1.200 CV. Este modelo alcanzaba los 431 km/h y se convirtió en su momento en el coche de producción más rápido del mundo. Su precio rondaba los 2,2 millones de euros, pero el coste real de producción seguía estando muy por encima de lo que Bugatti ingresaba en los modelos estándar.

Otra variante clave fue el Veyron Grand Sport Vitesse, que combinaba la carrocería descapotable con la potencia del Super Sport. Aquí el precio ya se acercaba o superaba los 2,5 millones de euros, dependiendo de la configuración.

Aún en estos casos, el precio de venta no se acercaba ni de lejos a lo que costaba producir cada ejemplar (además de lo que había supuesto el desarrollo). El truco estaba en que la rentabilidad no venía del coche base, sino de la posibilidad de configurar cada automóvil al máximo.

Los clientes de Bugatti rara vez compraban un Veyron estándar, de la misma manera que tampoco lo hacen con los modelos actuales. Pedían combinaciones únicas de cuero, fibra de carbono visible, colores personalizados y acabados artesanales. Cada unidad era, prácticamente, un one-off, lo que podía variar muchísimo en precio final y, sobre todo, lo aumentaba hasta cotas insospechadas.

Esto hacía que el montante final, si bien no alcanzaba normalmente el precio real del modelo, sí que hacía que el margen de pérdidas se redujese mucho. Bugatti tenía músculo financiero para aguantar la situación, lo que le sirvió para posicionarse como el estandarte de los hiperdeportivos.

El Veyron convirtió a Bugatti en un símbolo, un símbolo que permitió justificar precios aún más altos en el futuro, donde la rentabilidad ya no dependía de vender volumen, sino de vender exclusividad absoluta, algo que sigue haciendo a día de hoy y con amplios beneficios, por cierto.

Más información sobre:

Ver sus artículos

Mario Herráez

Colaborador

Colaborador redacción motor Auto Bild España