El Mercedes-Benz 190 E 2.3-16 (W201) con su motor M 102.983 batió un increíble récord: recorrió 50.000 km a una velocidad media de 247,9 km/h en poco más de 201 horas

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Más de 40 años después, la hazaña del Mercedes parece imbatible y es un ejemplo de enorme resistencia y fiabilidad.
Muchos récords impresionan por un dato concreto, pero hay otros que, se miren por donde se miren, constituyen una hazaña que parece irrepetible. Por suerte para los aficionados del motor, el mundillo está lleno de estos, así que de cuando en cuando está bien echar la vista atrás y revisitar alguno de ellos. Hoy hemos decidido recordar el conseguido por el Mercedes-Benz 190 E 2.3-16 (W201) en 1983.
Tuvo lugar en 1983 y, en realidad, fue cosa de tres unidades diferentes del modelo, que la marca alemana decidió mandar al circuito de alta velocidad de Nardò, en el sur de Italia, con una misión que parece casi absurda: recorrer 50.000 kilómetros a un ritmo cercano a los 250 km/h y hacerlo prácticamente sin descanso.
Suena loco y lo fue, pero el resultado fue un récord que todavía llama la atención más de cuatro décadas después.
El protagonista era el 190 E 2.3-16 (W201), una de las versiones más especiales del llamado “Baby-Benz”. Bajo el capó escondía el motor de cuatro cilindros M 102.983, un 2,3 litros atmosférico con tecnología de cuatro válvulas por cilindro que desarrollaba 185 CV.
Sobre el papel, no parece precisamente la receta de un coche destinado a pasar ocho días dando vueltas a una pista a velocidades de vértigo, pero Mercedes quería demostrar precisamente que aquel nuevo propulsor no solo era potente, sino también extraordinariamente resistente.
La prueba se celebró entre el 13 y el 21 de agosto de 1983 en Nardò, un trazado circular de 12,6 kilómetros diseñado para realizar ensayos a velocidades muy elevadas. Allí, los tres 190 E 2.3-16 rodaron día y noche, hasta que el más rápido necesitó exactamente 201 horas, 39 minutos y 43 segundos para completar los 50.000 kilómetros, con una velocidad media de 247,9 km/h.

Dicho de otra manera: durante más de ocho días, aquel motor compacto de cuatro cilindros mantuvo un ritmo que parece infernal incluso con las tecnologías de las que se disponen en la actualidad.
La cifra en sí tiene mérito, pero todavía más si se conoce el escenario: durante el día, las temperaturas exteriores alcanzaban los 40 grados y el interior de los vehículos podía superar los 50 grados. No era precisamente un entorno amable para el motor, los neumáticos, los líquidos o los propios conductores, pero precisamente esa era la idea, demostrar que incluso en un ambiente adverso el coches era capaz de acumular kilómetros sin problemas mecánicos.
Eso sí, la prueba tampoco consistía en dejar tres coches circulando y esperar a que apareciera el número 50.000 en el marcador. Había que repostar, cambiar neumáticos y realizar las operaciones de mantenimiento necesarias para mantenerlos en funcionamiento. Mercedes llegó a realizar una revisión completa del motor y un cambio de neumáticos en apenas cinco minutos. La idea era minimizar todo lo posible el tiempo que los coches permanecían fuera de la pista.

De hecho, hay un detalle bastante curioso: los tres coches eran prácticamente idénticos, pero fueron pintados en verde, rojo y blanco para que los equipos pudieran identificarlos fácilmente durante la prueba y así realizar los ajustes o mantenimiento que hicieran falta sin confundirlos entre sí.
En términos generales el 190 E 2.3-16 que protagonizó la prueba estaba muy próximo, tanto técnica como visualmente, a la versión de producción que Mercedes preparaba para su lanzamiento. El objetivo no era crear un prototipo especialmente preparado podía sobrevivir a semejante castigo, sino poner a prueba una tecnología que acabaría llegando a un modelo de calle.
El apartado que era idéntico al que luego podrían disfrutar los compradores era el motor. El M 102.983 incorporaba cuatro válvulas por cilindro, tenía 2.299 centímetros cúbicos y 185 CV, gracias a lo que podía alcanzar 235 km/h de velocidad punta (que en el test se superaron) y acelerar de 0 a 100 km/h en 7,5 segundos.
Para la ocasión, sin embargo, se hicieron algunas modificaciones pensadas para la naturaleza de la prueba: contaba con un árbol de levas de alto rendimiento, un radiador más pequeño y no tenía ventilador, porque, a las velocidades a las que iba a desplazarse, el flujo de aire natural bastaba para garantizar una buena refrigeración.
Aunque el récord de los 50.000 kilómetros fue el más importante, no fue el único que se logró en ese intento. Las tres unidades consiguieron también otros dos récords mundiales de distancia, sobre 25.000 kilómetros y 25.000 millas, además de nueve récords internacionales de su categoría. Mercedes consiguió así convertir una prueba de resistencia en una demostración de fuerza para su nuevo modelo deportivo.
Como curiosidad, del trío, el coche verde es el que Mercedes-Benz conserva actualmente como testimonio de aquella hazaña en su museo.


