Una de las llamadas a revisión más locas de la historia la protagonizó Chrysler

El fallo fue de tal magnitud que Chrysler tuvo que retirar miles de unidades de un coche de lujo en Estados Unidos para sustituir su inyección por carburadores.
Desde la década de 1950 hasta finales de 1980, en Estados Unidos se vivió una auténtica batalla de coches de lujo entre distintas marcas. Cadillac, Chrysler o Lincoln replicaron la guerra de décadas atrás entre Packard, Pierce-Arrow, Duesenberg y Cord. Aunque en este caso, hubo un fallo de tal magnitud que pasó a la historia como una de las grandes anécdotas del mundo del motor.
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El Chrysler Imperial era el buque insignia del fabricante. El modelo fue introducido allá por 1926 y ganó tanta fama que, en 1955, se decidió separar a Imperial como una marca propia aparte de Chrysler. Una berlina de gran tamaño que llevó la innovación tecnológica como bandera en sus años venideros.
Uno de los mayores fallos de la historia de la automoción

Para hacerte una idea de la importancia de estos coches de lujo, Imperial fue una de las primeras marcas en incorporar aire acondicionado y dirección asistida en sus coches. También la primera radio de transistores del mundo para un coche, y el Imperial Crown de 1949 montó frenos de disco (toda una novedad para la época).
Sin embargo, Lincoln y Cadillac hicieron más y mejores coches. Tanto es así que Imperial desapareció en 1975 después de un gran desplome de ventas, lo que dejó un gran vacío de mercado en la gama de Chrysler. Hasta que llegó a la dirección de la marca un hombre bien conocido por todos: Lee Iacocca, el que fuera uno de los padres del Ford GT y compañero de Carroll Shelby en su aventura en Le Mans.
Se relanzó un modelo Imperial sobre una plataforma existente, con un diseño clásico que miraba directamente a Cadillac, pero con aristas bien marcadas y formas triangulares propias de la década de 1980. Debía ser un vehículo de lujo puntero otra vez, y Iacocca apostó por incluir un gran equipamiento de serie en vez de decenas de opciones a elección de los clientes.
Una de las grandes cartas bajo la manga del modelo fue el motor V8 de 5,2 litros. Era fiable y ya llevaba tiempo en producción, así que la marca ya lo había probado de sobra. Pero destacó en que en vez de ser carburación, Chrysler decidió implementar en él un novedoso sistema: inyección electrónica.

El bloque desarrolló unos 140 CV de potencia y convirtió a Chrysler en el primer fabricante de automóviles estadounidense en ofrecer un coche con este tipo de inyección. Y en la marca se lo tomaron tan en serio que muchos de los ingenieros que idearon el sistema vinieron directamente del programa de la NASA del Apollo.
Dos bombas de combustible (una en el depósito y otras para que la gasolina alcanzase el motor) y una centralita capaz de controlar todos los parámetros de la mezcla de aire y combustible o la chispa. En total, había 8 sensores ubicados por todo el vehículo capaces de medir presión del acelerador, carga del vehículo o condiciones ambientales.
Menor consumo y mayor potencia. Los beneficios eran claros, pero Chrysler no pensó en algo: las temperaturas. La centralita y muchas conexiones eléctricas estaban situadas encima o cerca del motor. A veces podía haber fugas en manguitos o corrosión en las conexiones que terminaban por dañar el cableado, pero lo peor fue ver como debido al calor del V8, muchos elementos literalmente se fundían.
Chrysler vendía aquel Imperial por 18.688 dólares (unos 62.000 dólares actuales). Un coste relativo para un coche que lo tenía todo, pero un Cadillac Eldorado costaba apenas 17.550 dólares y un Lincoln Continental Mark VI menos de 18.000. Sin embargo, la baza del Imperial era ofrecer más extras de serie. Y con ello, se estipuló un objetivo de ventas de 25.000 unidades al año.

Apenas llegaron a las 7.225 unidades en 1981. Y cuando se cesó la producción en 1983, no alcanzaron los 11.000 coches vendidos. Un gran tamaño, consumo alto en una época en la que la crisis del petróleo estaba reciente. Y una llamada a revisión de miles y miles de coches para sustituir su inyección electrónica por... Un carburador.
El Imperial dio un paso atrás, aunque ganó en fiabilidad. Y se pueden identificar las unidades con este cambio porque se sustituyó su cuadro de instrumentos (otra de las quejas de los usuarios) por uno nuevo, con un nuevo diseño y un asterisco luminoso que indica que se trata de un modelo carburación.
Ahora, es improbable que encuentres un modelo de inyección por ahí. En el mercado de los coches clásicos, los Chrysler Imperial de esta generación no superan los 20.000 dólares. Ya sean las berlinas o el modelo coupé. Sin duda, fue un momento desastroso para la marca, aunque siempre se las ingenió para acabar saliendo hacia delante.