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Probamos el Lamborghini Miura por el puerto de 'The Italian Job'

El paseo de su vida. Y de la nuestra, claro...

Imagen de perfil de Redacción Top Gear

Antes de contarte esta espectacular prueba del Lamborghini Miura, un número: uno. Fue el número de intentos que necesitó Marcello Gandini para dar forma a la espectacular silueta de lo que hoy en día conocemos como Lamborghini Miura. A pesar de que en 1965 era un joven de 27 años entusiasta del diseño, no precisó más pruebas: sabía que lo había clavado. Y nunca más se atrevió a volver a dibujarlo. El garabato era tan perfecto, tan inspirador y tan atrayente que siempre tuvo el miedo de fallar al volver a intentar replicar las líneas maestras de su creación más querida.

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Presentado oficialmente en el Salón de Ginebra de 1966, supo cautivar a una generación completa que ya en aquel momento tuvo muy claro que no era un vehículo más: era un icono, un clásico moderno –por aquel entonces, claro–, una leyenda. Y cualquier otro calificativo que se te pueda ocurrir para definirlo.

Ahora que acaba de sobrepasar una de las barreras vitales más críticas al cumplir los 50 ha llegado el momento de celebrarlo como se merece… Y eso significa que había que organizar algo más que una fiesta en Sant´Agata con una tarta enorme. Esa es justo la razón por la que me encuentro a los pies de una de las montañas de los Alpes, mirando una sucesión infinita de curvas cubiertas de asfalto negro: se trata del puerto del Gran San Bernardo, que saltó a la fama al ser el escenario en el que un Miura naranja avanzaba a toda velocidad al mismo tiempo que sonaba 'On days like these' en la secuencia inicial de la grandiosa 'The Italian Job' (Un trabajo en Italia, es como se tradujo en España). La original, se entiende.

 

 

La receta en realidad es tan sencilla como efectiva: un supercoche, un superpuerto… y un supertemazo. Todos quisimos ser alguna vez ese hombre tras el volante del Lamborghini: conduciendo una auténtica joya de la automoción por un paraje impresionante con un cigarrillo colgado en los labios. Hoy yo trataré de ser ese hombre. El que pruebe este Lamborghini Miura. Ups...

Frente a mí tengo aparcado un majestuoso Miura S terminado en color dorado por el que no parece haber pasado el tiempo: con unas proporciones sencillamente perfectas, parece mentira que fuera diseñado por un grupo de colegas que, en ningún caso, habían llegado aún a la treintena. Mientras nosotros ahora nos independizamos con 35. Da que pensar, ¿eh? Este modelo fue importante en la eterna batalla entre Ferruccio y sus eternos enemigos: Ferrari y Maserati. Tras haberles dado un buen toque de atención con el 350 GT, el italiano quiso recrudecer la guerra lanzando algo realmente nuevo y radical. Con la mente muy abierta, acudió a Gian Paolo Dallara para crear el chasis de su nuevo Lambo. “Me dejó libertad para hacer lo que quisiera”, nos confiesa hoy el fundador de la famosa firma especializada en diseñar algunas de las mejores plataformas para vehículos de competición. “Ferruccio quiso ir un paso más allá de todo lo establecido con nuevas tecnologías como una suspensión independiente, una nueva caja de cambios y una nueva configuración motriz”.

 

Prueba Lamborghini Miura (lateral)

 

Sólo había una orden concreta: el vehículo jamás pisaría un circuito. Según el fundador de Lamborghini, había mejores métodos para dilapidar el dinero que poner a rodar en una pista unos cuantos coches con dorsales en las puertas, así que su bestia nunca le haría perder el tiempo buscando una configuración perfecta que no sirviera de nada en la calle. Ahí es nada. Su nueva creación tuvo que adoptar una solución sorprendente para un deportivo de la época: debido a la corta longitud del chasis, el bloque V12 de casi cuatro litros de cilindrada tuvo que ser montado de modo transversal, lo cual supuso todo un reto para los ingenieros que lo desarrollaron al encontrarse con problemas como su más elevado centro de gravedad, cómo invertir el sentido de giro del eje secundario de la caja de cambios o garantizar la lubricación del conjunto en tan poco espacio.

Pero lo lograron: en el Salón de Turín de 1965 ya pudieron ofrecer una muestra del trabajo hecho a través de la exposición de un chasis desnudo del que sería el primer Miura en aparecer en el mercado, conocido más tarde como P400. Y dejaron a todo el mundo con la boca abierta. Como Lamborghini no tenía tiempo que perder, dedicó todo su esfuerzo durante el evento a buscar un carrocero a la altura de su magnífico bastidor. En aquellos años no era habitual que las marcas tuvieran sus propios estudios de diseño, y por eso lo más normal era que todas recurrieran a la experiencia y saber hacer de los expertos para vestir a sus creaciones más salvajes. El bueno de Ferruccio quiso echar mano de sangre nueva para terminar de redondear su producto y, tras descartar las opciones de Touring y Pininfarina, apareció ante sus ojos un nombre: Bertone. Con el Salón a punto de cerrar sus puertas quedó sellado el acuerdo entre ambos hombres por el que quedaría asignado el trabajo de diseño del Miura a Marcello, que lideraría un equipo de lo que hoy llamaríamos Investigación y Desarrollo, consistente en una panda de animales gritándose mutuamente tratando de alimentar su ego mientras vaciaban las estanterías del bar más cercano a la sede de Lamborghini. Ah, qué sería del ser humano sin los bares.

La libertad para dar a luz cualquier idea posible alimentó la imaginación de Gandini, Dallara, Stanzani –ingeniero de Dallara– y el piloto oficial de pruebas Bob Wallace, que trabajaron durante jornadas inacabables sin acusar el cansancio. Esa mentalidad de estar creando un juguete para niños grandes se convirtió en el escenario ideal para que se desatara la tormenta perfecta: en sólo un mes ya contaban con un diseño definitivo. Con el cuerpo y corazón de la máquina listos por fin, sólo quedaba un último paso: bautizar a la criatura. El P400 fue el modelo inaugural de la tradición taurina de la firma a la hora de elegir los nombres de sus creaciones, inspirado por la ganadería sevillana de don Eduardo Miura. Tras haber marcado el coche con uno de los logotipos más infantiles, reconocibles y deseables que podría llevar la parte trasera de un coche, pudo ser por fin mostrado al mundo en Ginebra sólo un año después de haber comenzado a hacer salivar a todos los entusiastas del automóvil. Y a las estrellas del famoseo, también: Frank Sinatra, Rod Stewart y Miles Davis tuvieron uno, y el gran público pudo conocerlo definitivamente gracias a su aparición en los primeros minutos del metraje de la película 'The Italian Job'… cuyo final trataré de no reproducir con esta unidad tan especial. ¿Aún no la has visto? Estás perdiendo el tiempo.

 

Prueba Lamborghini Miura (logo)

 

Prueba del Lamborghini Miura

Llega el momento de la verdad, la prueba de este Lamborghini Miura. Al accionar el mecanismo de apertura de la puerta –cuyo marco reproduce la forma del asta de toro cuando se encuentra abierta– no puedo evitar sentirme invadido por una oleada de esencia clásica compuesta por el olor del cuero viejo, aceite y gasolina. Sé que habrá quien no lo entienda, pero fue una de las sensaciones más sobrecogedoras que he sentido en toda mi vida. Entrar en el habitáculo no es precisamente sencillo y requiere de toda mi concentración para no terminar cayendo al suelo de un modo ridículo, estropeando alguna de las delicadas –y caras– piezas del interior del coche o necesitando un quiropráctico de urgencia para volver a enderezar mi espalda, pero finalmente lo consigo. Desde luego, yo no tengo el glamour de alguien como Sinatra, que nunca torcía el gesto al entrar en él. Cuestión de actitud, imagino.

La postura de conducción del Lamborghini Miura de esta prueba es, por decirlo de un modo suave, interesante. ¿Quieres hacerte una idea? Da una vuelta por la calle y busca uno de esos cochecitos para niños que funcionan con una moneda. Y métete dentro. Piernas arqueadas, rodillas dobladas y ojo a los movimientos que haces para poder accionar los tres pedales sin cometer un error fatal al confundirlos y pisar el que no es. El Miura no era una fiera fácil de domar para cualquiera.

 

Prueba Lamborghini Miura (interior)

 

El diseño del habitáculo es muy especial: tras un precioso volante deportivo aguardan dos minimalistas relojes que dominan el campo visual del conductor, mientras que a su derecha queda la palanca de cambios desnuda –oh, sí– para manejar la caja de cinco relaciones sobre la que descansan otras seis esferas firmadas por Jaeger con información de todo tipo para el conductor. Tras la nuca descansa el bloque de 12 cilindros colocado junto a un cristal para que puedas admirar su belleza… y me impida olvidar lo que tengo detrás de mí dispuesto a catapultarme al vacío en cuanto me pase de listo.

Giro la llave de arranque al mismo tiempo que doy unos toques al acelerador para cebar sus cuatro carburadores de triple cuerpo firmados por Weber colocados sobre un bloque que, al mínimo escape de gasolina, sabe cómo convertirse en una parrilla con ruedas en cuestión de segundos. Hoy no, por favor. Tras insistir un poco más con el pedal por fin logro poner el corazón del Lamborghini en marcha… y comienzo a darme cuenta de que quizá la película nos ha hecho mitificar demasiado a esta maravilla: la dirección es increíblemente pesada en parado y, al maniobrar, el paso de la primera a la marcha atrás requiere que prácticamente me suba sobre la palanca. Ahora que he sudado la gota gorda para colocarlo sobre el asfalto, mis colegas italianos me informan: la carretera está cortada al tráfico y en esta prueba del Lamborghini Miura puedes ir al ritmo que quieras… siempre que te encuentres cómodo.

 

Prueba Lamborghini Miura (puerto 2)

 

Al comenzar a rodar compruebo cómo la primera impresión del coche ha sido totalmente errónea: el embrague tiene un tacto rudo pero se deja usar, el recorrido del acelerador es suave y progresivo, mientras que los frenos… brillan por su ausencia. Y lo digo en serio: hice varias pruebas durante la subida al puerto para comprobar hasta qué punto podría apurar una frenada y el terror de saber que no había nadie por ahí dispuesto a ayudarme me hizo entender que durante la bajada lo mejor sería hacer uso de toda la retención del motor que pudiera. Sobre todo teniendo en cuenta que el coche no tiene cinturones de seguridad y que los barrancos que veo por las ventanillas laterales parecen no tener fondo.

Sinceramente, desde el momento en que supe que tendría la oportunidad de rodar con él creí que sería una máquina insufrible e inconducible, y tras unos cuantos kilómetros a bordo puedo comprobar hasta qué punto me encontraba en un error: el coche es mucho más amistoso de lo que parece y constantemente te anima a juguetear con el cambio de marchas y el acelerador para darle vida a una de las sinfonías más bellas jamás compuestas por la mano humana y diseñadas para ser interpretadas por las 12 voces que cantan justo detrás de tu espalda. Eso, al mismo tiempo que sus 370 CV te ayudan a recorrer las distancias a un ritmo preocupantemente rápido. En su día este modelo era todo un ejemplo de cómo deberían ser todos los deportivos: con una aceleración de 0 a 100 km/h en sólo 6,7 segundos y una velocidad punta de 276, superaba con mucho a uno de los modelos superventas de aquel tiempo en nuestro país, el Seat 600E. Que sólo era capaz de alcanzar los 115 km/h gracias a los 29 CV de su pequeño pero voluntarioso motor.

Sin duda, lo mejor del Lamborghini Miura de esta prueba es lo satisfactorio que resulta conducirlo, aun sabiendo que no te estás acercando ni por asomo a sus límites: mientras que un vehículo moderno parece insultarte cada vez que no apuras una frenada todo lo que hubieras podido hacerlo o retrasar unas décimas de segundo de más el momento de dar un buen pisotón al pedal derecho, este Lamborghini sabe recompensar tu esfuerzo al volante con un tacto de conducción fantástico y una banda sonora inigualable bramando tras tus orejas.

 

Prueba Lamborghini Miura (curva)

 

A medida que asciendo por la retorcida carretera del Gran San Bernardo los colores que dominan el paisaje empiezan a desaparecer para dar paso a inmensos bancos de nieve y placas de hielo que salpican unas cuantas curvas sin visibilidad. Tras llegar hasta la cima y comprobar que todo sigue en su sitio, decido hacer sonar en mi teléfono móvil 'On days like these' –soy poco original, lo sé– y empezar a descender de nuevo para devolver el coche a sus legítimos propietarios.

Sin duda, el Miura es el supercoche italiano loco por excelencia. Ese que ha sabido mantener su esencia inmaculada incluso a través de sus sucesores –léase Countach, Diablo, Murciélago y Aventador–, todos ellos dotados de un brutal bloque V12 y que han acaparado las paredes de generaciones enteras durante cinco décadas. ¡Felicidades, Miura! Has llegado a una etapa difícil de la vida, pero seguro que seguirán llegando otros Lamborghini brillantes. Como mis ojos empapados en lágrimas al verme obligado a entregar sus llaves al finalizar el paseo. ¡Ay!

 

Texto: Rowan Horncastle.

 

 

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