Quizá sea el secreto mejor guardado de Porsche y Toyota, y es que la marca japonesa salvó de la bancarrota a la alemana con su método 'Just in Time'

Antes del Porsche Cayenne, Porsche ya estaba en problemas y, si no hubiera sido por la filosofía japonesa, quizá no hubiera sobrevivido.

A finales del siglo XX, Porsche se enfrentaba uno de los momentos más críticos de su historia. A principios de los años 90, la marca alemana, símbolo de automovilismo de élite, se encontraba al borde del abismo y, curiosamente, fue un fabricante generalista y su manera de trabajar la que consiguió sacarla del atolladero: Toyota.

Las ventas de la compañía habían caído dramáticamente en aquella época: de cerca de 60.000 unidades en 1986 a poco más de 15.000 en 1993. Incluso para una marca de modelos de lujo, las cifras eran demasiado bajas, lo que auguraba un futuro poco o nada halagüeño. 

Un claro ejemplo de ello fueron sus resultados financieros reflejaban el desastre: Porsche pasó de registrar beneficios de 258 millones de dólares a incurrir en pérdidas superiores a 180 millones.

Lo peor de todo era que, además, no parecía que la firma tuviera ningún as en la manga para revertir la situación. El legado deportivo del Porsche 911 estaba desfasado mientras que sus modelos “transaxle” (los 924, 928, 944, 968), que eran más asequibles, estaban llegando al final de su vida comercial.

En ese contexto crítico, emergió la figura de Wendelin Wiedeking, quien provenía de la industria automotriz japonesa y tuvo la idea de aplicar los conceptos de esta para salvar a Porsche.

Primero actuó como director de producción (1991), tomando la decisión de llevar a directivos y trabajadores de la marca a Japón, visitando las fábricas de Toyota, Nissan y Honda para que pudieran ver cómo se trabajaba en las plantas del país asiático.

Tan solo un año después, en 1992, ascendió a máximo ejecutivo de Porsche, momento que aprovechó para aplicar a la compañía la filosofía de trabajo de Porsche, contrató a Shingijutsu Global Consulting (SGC), fundada por discípulos de Taiichi Ohno (Yoshiki Iwata, Chihiro Nakao y Akira Takenawa), quien era el creador del famoso sistema de producción de Toyota: Just in Time (JIT). Fue un movimiento que cambio el devenir del fabricante alemán.

Cuando llegaron, los integrantes de SGC no estuvieron para nada convencidos con la manera de hacer las cosas de Porsche y pronto empezaron a hacer cambios.

La marca tenía en sus almacenes estanterías de 2,5 metros de altura que permitían almacenar piezas para 28 días de producción, algo que era poco eficiente. Los japoneses optaron por cortar esas estanterías a 1,3 metros, reduciendo el tiempo que tenían que estar subiendo y bajando los trabajadores, y se redujo también el stock de piezas disponibles de 28 a 7 días de producción.

De manera paralela, se incidió en la filosofía de fabricación con cero defectos: si los coches no tenían fallos, al final de la línea de montaje no eran necesarios correcciones ni ajustes, así que no se perdía el tiempo y la calidad del producto era mejor. El primer Porsche fabricado sin defectos vio la luz en julio de 1994, habiendo conseguido además reducir el tiempo de montaje de un coche de 120 a 72 horas.

Arreglada la producción, tocó “meter mano” a la plantilla: se despidió a una tercera parte de los gerentes y se reconvirtió a otras tareas al resto. También se redujo el número de empleados en un 19%, pasando de 8.400 en 1992 a 6.800 en 1993.

Nuevos Porsche a la vista

Para terminar la transformación era necesario llevar a cabo una reestructuración de la gama: se abandonaron los modelos transaxle y se reforzó el enfoque en el Porsche 911 como imagen de marca. Sin embargo, éste no estaría solo, llegaría un nuevo hermano pequeño que haría las veces de vehículo de acceso a la marca y que fue adelantado por el Porsche Boxster Concept en el Salón de Detroit de 1993.

De este derivaría la primera generación (986) del Porsche Boxster que, en aras de ahorrar al máximo, estuvo desarrollada junto a la generación 996 del Porsche 911. Es por eso que ambos comparten el diseño frontal, algo que fue positivo ya que los clientes asociaban entre sí ambos modelos.

Como esperaban dentro de la marca, el Boxster supuso un repunte de ventas, pero solo fue un anticipo de lo que estaba por venir con el Porsche Cayenne.

El primer SUV de la compañía generó mucha controversia en su tiempo, pero acabó demostrando ser un movimiento genial por parte de la compañía, puesto que fue el que definitivamente la salvó. Aportó la liquidez necesaria para consolidar la marca y financiar su expansión futura, abriendo además una senda que, paulatinamente, han ido recorriendo otros tantos fabricantes premium y de lujo.

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Mario Herráez

Colaborador

Colaborador redacción motor Auto Bild España